Desde lo alto

Grabando… Naranjal, 15 de abril del 2020: Hace cinco días se llevaron el primer caso positivo de covid-19 en el barrio, Rolando, hombre de más de 50 años. Sus contactos están a la expectativa de una llamada.

Mis superiores me asignaron la misión de proporcionarles una visión panorámica y detallada del fenómeno. Sin percibirlo, ya estaba aquí.

Las calles están vacías, solo marcadas por un rastro de coches de caballos. En el ambiente, un aroma putrefacto. El sol baña con hilos dorados el musgo de los edificios. Plantas y tanques en las azoteas como vigías. El viento, cuando quiere, juega al escondite con los árboles y empuja las hojas por los contenes. Nadie sale de sus casas. Parecen prisioneros, custodiados día y noche por unos policías.

Tenía una idea distinta de este lugar, pero las situaciones cambian. Llevo poco tiempo de estancia. Vivo en altos, donde puedo verlo todo. Aunque a veces yo pase desapercibida. No importa, es mejor. Así no se cohíben con mi presencia. No me gusta importunar la vida de los demás, sólo observarlas un poquito.

Descanso poco. Para ser sincera, nada. A pesar del marasmo, tengo mucho trabajo. Preciso conocer a mis vecinos…

16 de abril, 7:00 am: Aún duerme la mayoría. Algunos tienen puertas y ventanas abiertas. Se respira olor a café.

-¡Emiliooo, la pastilla! -dice rezongona Nina, su mujer.

-Voy, voy -responde él por costumbre.

Desayunan. Ponen la radio: “Ayer se reportaron 68 casos de coronavirus en Cuba, 21 de Matanzas”.

-¡Alabao! -expresa como de infarto la señora.

-Ahora sí está bueno. La cuarentena «pica» y se extiende -atribuye Emilio.

La monotonía y la incertidumbre cubren a esta pareja. Igual en el resto de los apartamentos. La pandemia acecha a todo el mundo.

¡Ring, ring, ring!

-¡Emiliooo, coge el teléfono que estoy en el baño! -grita Nina.

-Buenas tardes -habla Emilio.

-Emilio, es Teresa, la prima de Nina. Oye, que estoy en el hospital Militar. Ingresé con coronavirus.

-¡Queeeeé! -exclama el viejito.

Antes de empezar el confinamiento, la familia de Nina y Emilio le celebraron las bodas de oro. Una fiesta sencilla con diez personas (hijos, nietos y la prima Teresa). Lo sé porque de palco a palco, Nina le comentó a una amiga que ese fue el mejor regalo de su vida.

¿Y esta comitiva asomada en los balcones? ¡Oh! Ya veo, la guagua del covid. Se bajan dos trabajadores de la Salud, forrados con el armamento de protección (nasobucos, guantes, caretas de plástico).

-¡Caballerooo, parece que se llevan a Nina y Emilio! -alardea uno de los vecinos.

Los dos viejitos descienden por las escaleras con equipaje en mano. Paso a paso caminan hacia la Diana, como si se despidieran para siempre de sus cosas, de su gente. El nasobuco les cubre la mayor parte del rostro. Apenas se les ve la piel, curtida por los años. Sus miradas acuosas reflejan el temor de ser portadores del virus. Recostados a una ventanilla dicen adiós, mientras se marchan al centro de aislamiento.

Miro mi alrededor en 360 grados. Todas las viviendas exhalan la misma preocupación. Mis sensores detectan la soledad. Aunque estoy al tanto de las llamadas que le hace Emilio a su hija, extraño a esos abuelitos tan peculiares.  Deseo estén bien. Solo falta el resultado de la prueba y si es negativa regresarán dentro de pronto ¡Qué emoción!

Pasan los días. Un carro con altoparlante irrumpe en la localidad: “Adiós al encierro. No hay más casos de coronavirus en el Naranjal”.

Reinan besos, abrazos, risas, lágrimas de felicidad, reencuentros. Mi lente capta la bienvenida de Nina y Emilio. Suenan redobles de calderos y sartenes. Los moradores aplauden al compás de armonías que entonan ambos nombres.

Les guiño el ojo. No se percatan. Están muy ocupados. Extrañan el calor y confort de su hogar. Reciben el amor de sus seres queridos. El susto pasa, pero las medidas ante la epidemia perduran. Es una guerra que se gana con sensatez.

Mi labor concluye. Mis imágenes quedan archivadas. Me mudo. Aquí ya no soy útil. Me llamaron. En Cárdenas empieza una cuarentena. Necesitan una cámara de seguridad.

PD: La situación del coronavirus en el mundo, específicamente en nuestro país, experimenta un viaje en montaña rusa. La única solución, por ahora, se acoge a la aplicación de las medidas higiénicas, entre ellas el uso del nasobuco, el distanciamiento social y el constante lavado de las manos.

Aunque soy una cámara de seguridad, siempre estoy dispuesta ante el trabajo, pero espero no tener que cubrir una situación tan extraordinaria como una cuarentena.

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