Villena, la hondura de su humanidad

Vivió en la primera mitad del siglo XX cubano, un joven que no llegó a cumplir los treinta y cinco años.

“De estatura mediana, cuerpo frágil, cabellera tempestuosa (…), palidez con leve tinte rosáceo (…). Pero lo que más sobresalía e impresionaba de su estampa física eran sus ojos verdes transparentes y taladrantes, verdeazules a veces, ora rojoverdes, según los encandilara el entusiasmo o la indignación”, así lo describió su amigo Raúl Roa, en el prólogo de El fuego de la semilla en el surco, texto que le dedicara.

Rubén Martínez Villena (1899-1924) era —prosigue el Canciller de la Dignidad— “Conversador extraordinario (…). Polemista terrible: rendía o machacaba. Su poder de persuasión solía ser irresistible. Y, como naciéndole de oculta veta, siempre más preocupado por el prójimo que por sí mismo”.

El joven Villena fue, ante todo, poeta y revolucionario, graduado de Derecho Civil y Público. Un hombre portador, como pocos, de las vanguardias artística y política, dos vertientes que se imbricaron para formar a uno de los luchadores más completos de ese siglo en la Mayor de las Antillas.

Fue periodista cuya obra siempre estuvo apuntalada por la denuncia a la marginalidad, la corrupción político-administrativa, la situación económica y los males que envolvían a la sociedad cubana de su tiempo. Editoriales, crónicas, manifiestos, críticas de arte, ocuparon su narrativa, sobre todo a finales de los años 20 y los primeros de la década del 30, etapa en la que también se sumergió en las problemáticas de Venezuela, Nicaragua, Panamá, Ecuador y otras tantas naciones.

Sin embargo, su máxima valía como escritor y artista recae en la poesía, donde ha sido enmarcado como uno de los modernistas cubanos más reconocidos. Cubanidad, tuteo con la muerte, cotidianeidad, dolor, sufrimiento, son tratados con elegancia mediante un lenguaje refinado, un lirismo insinuante. Villena portaba un verbo provocador, que lograba sumergirse, ocasionalmente, en la ironía.

Tengo el impulso torvo y el anhelo sagrado / de atisbar en la vida mis ensueños de muerto. / ¡Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado!… / (¡Ya dormiré mañana con el párpado abierto!)…

Su poesía de amor es sensual, sugerente; impetuosa sin dejar de halagar; candorosa y juvenil. Un atisbo de melancolía marca también a sus versos, donde la nostalgia se funde de tal forma con el erotismo que crea paisajes de colores varios, escenas apasionadas que ponen los sentidos a funcionar.

Te vi de pie, desnuda y orgullosa / y bebiendo en tus labios el aliento, / quise turbar con infantil intento / tu inexorable majestad de diosa. / (…) y del placer al huracán tremendo, / se doblegó tu cuerpo como un lirio / y sucumbió tu majestad gimiendo.

Rubén Martínez Villena fue profesor de la Universidad Popular José Martí, perteneció a la Falange de Acción Cubana, al Grupo Minorista. Fue miembro del Partido Comunista y de la Liga Antiimperialista.

Este intelectual de obra madura y comprometida, cuya naturaleza de carácter lo hizo luchar por las causas justas, es recordado en la historia patria por dos hechos que desnudaron la hondura de su humanidad. Su oposición a la venta del Convento de Santa Clara, ejemplo irrevocable del entreguismo y la inmoralidad de los gobernantes cubanos, fue recogida como la Protesta de los Trece (1923) y demuestra que ya era líder cívico del movimiento obrero y comunista cubano.

Pero nunca fue tan certero como cuando le arrojó la verdad a la cara al general Gerardo Machado. 1925, Mella llevaba varios días en huelga de hambre y Villena fue a entrevistarse con el entonces secretario de Justicia Jesús María Barraqué. Llegó entonces Machado, acusando de comunista a Mella. Después de poner en su lugar al magistrado, Villena le relató los sucesos a Pablo de la Torriente Brau, donde le dijo: “¡Ese es un salvaje… un animal… una bestia… Es un asno con garras!”.

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