Hembra brava

Arlet pasó aquel verano haciendo “sopa”. Con solo dieciocho años, a punto de entrar en el Instituto Superior de Arte (ISA), iba cada jornada a las doce del día hacia aquel bar de La Habana Vieja, donde permanecía hasta las seis de la tarde –en ocasiones más–, trabajando solo por propina. “Algunas veces nos íbamos con cinco pesos (CUC), en fechas raras con diez, pero lo común era trabajar seis horas para apenas ganar un dólar; un día, incluso, nos fuimos cada uno con 25 centavos”.

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