Yo recuerdo los domingos

Para mí, abuela siempre había sido así. La conocí ya vieja y con el rostro arrugado, quitando y poniéndole las medias a mi abuelo, caminando de aquí para allá, barriendo las esquinas, pendiente del fogón. Creí en la fantasía de lo eterno, pero nunca conté con lo implacable que es el tiempo a la hora de cobrar factura. Las pistas fueron llegando poco a poco y ninguno de nosotros tuvo el valor de aceptarlo. Ahora tenía 20 años más sobre su cuerpo y, aunque continuaba realizando las mismas operaciones de su eterna rutina, le apareció una inocencia infantil en la sonrisa, la velocidad disminuyó, el sabor de los frijoles fue perdiendo el punto exacto y se empezó a acumular algo de polvo en los rincones.

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