Los amores de mi vida
¡He tenido tantos amores! ¡Soy tan enamoradiza! Es como si no pudiera retener tanto buen sentimiento para dar y se me escapara para anidar en muchos corazones. Es lindo, pero no muy comprensible para los comunes. A mí me enseñaron a amar hasta el más mínimo detalle de la vida: desde la rutina diaria -¡bendita sea!- hasta la hoja seca que la brisa levanta a tu alrededor en una tarde otoñal de septiembre.
Sin embargo, con el paso de los años, cuando se han aquietado los fulgores juveniles, me doy cuenta de que en realidad he tenido sólo cuatro verdaderos amores, de esos que te convierten en la mejor persona del mundo, que te hacen agradecer la existencia. Amores recíprocos, desinteresados, puros.
El más sagrado de todos es el de mi hijo: nochecita de lluvia en febrero, capulí lleno de rocío al amanecer, mago que trueca mis angustias en utopías, brujito que prepara brebajes de sueños y fantasías. Todo a cambio de su risa y de ver sus ojos encendidos. El me hizo fuerte, me llevó de la mano hasta la verdad, me iluminó el camino.
El más venerable de mis amores es el de mi abuela, cuyas manos creadoras y una sabiduría innata me enseñaron todo lo que sé. Aún la recuerdo cada día de mi vida. Como antaño, descubro de su mano los más viejos rincones de la ciudad; sigue llevándome por las tardes a correr al parque; vela mi sueño cuando me enfermo; desaprueba mis desafueros y aplaude mis vehemencias; canta por la casa; y, por supuesto, prefiere a mi hijo que a mí. En él dejó sus últimas fuerzas y lo mejor de sus ilusiones.
El otro de los amores de mi vida es este oficio de engarzar palabra tras palabra, como cuentas de un collar. Verdadera adicción, todavía me enfrento a la cuartilla en blanco con la misma angustia de aquel invierno de 1975, cuando me estrené como periodista, y escribo como un recién graduado, ávido porque le publiquen. Confieso abiertamente que no sé vivir sin el periodismo, es como mi savia, mi credo. Ser periodista es mi modo y mi razón de ser.
El más lindo de todos es el primer amor de juventud. La más dulce sensación. Miente quien niega recordarlo y su mentira es tan fatua como la imagen de un escarabajo bailando ante un espejo.
Cierro los ojos y aún me veo a su lado, caminando por una calle habanera y jugando a ver quién pisaba menos espacios en blanco por los que se filtraba el sol al sombrear las ramas de los árboles en las aceras. Eran madrugadas enteras sin ir a dormir, para al otro día presentarnos soñolientos en las aulas universitarias y trocar la Redacción con la Gramática y el Diseño con la Fotografía.
O subir jadeante San Lázaro y saltar de dos en dos los peldaños de la escalinata, cada mañana, para encontrarnos un instante antes de entrar al aula. Desventaja de estar en diferentes cursos. Eran decenas de papelitos que nos escribíamos en clases para intercambiarlos en el receso o esconderlos en cualquier lugar del mundo donde encontrarlos era un verdadero milagro.
Lo que más recuerdo son las largas caminatas por una Habana Vieja descolorida que no se parece mucho a la rejuvenecida de hoy. No he vuelto a encontrar nuestros rincones de ayer, las piedras que tantas veces, durante cuatro años, pisamos.
El primer amor. Deslumbramiento del corazón. ¡Cómo te recuerdo aún! Imágenes dormidas durante años, envueltas en tan fino velo, que al más leve soplo de brisa descubren estampas tan hermosas que por lejanas uno duda si las vivió. Marcas a flor de piel que no borran nuevos amores. ¿Será la ensoñación que da la juventud?
Dos de esos amores se me fueron muy temprano: uno, de apenas 26 años, se quiso beber el mar y la otra, una jovencita de 83 agostos, se escapó de mis malcriadeces para que yo me hiciera mujer. La muerte se disputó conmigo sus amores y me los llevó, a ambos, irónicamente, en un mes de mayo.
De todos modos y aunque algunos de mis amores se me han ido ya, pongo flores en sus nombres este lunes de San Valentín y me inclino ante la dicha de haberlos tenido y de tenerlos aún, a esos, los amores de mi vida.


