Las espirales de Liliam Padrón

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Permítanme las academias y los nombres rascacielos contar la historia de una bailarina que engordó  el cuerpo al mismo tiempo que se le inflamó el talento.

Liliam Padrón es como la fonética de su nombre, mitad arpegio, mitad huracán y autoridad. Cuando estudiar en la URSS era el Harvard cubano, Liliam se fue a Leningrado y regresó  con un título que la convirtió formalmente en coreógrafa, porque había sido bailarina desde el minuto definitivo en que escuchó por primera vez la música de una vitrola y comenzó a bailar.

¿Bailarina? La niña tiene que ser maestra, ingeniera, doctora,  pero…, ¿artista? “Aunque desde pequeña me gustó bailar, de alguna manera mis padres no querían que estudiara eso porque me llevaron muy tarde a hacer las pruebas de aptitud. Tuve la suerte de encontrar en mi camino a mi primera maestra de ballet: María Elena Fernández, ella alegó que yo tenía condiciones y creyó en mí. ”

Pero en los últimos años del nivel elemental Lilita comenzó a subir de peso corporal mientras el ballet iba siendo cada vez más un sueño demasiado delgado. “Yo me decía: ¿qué pasa si de repente no me admiten en nada? Entonces de nuevo  la suerte, sí, porque creo que fue suerte,  hizo que me aprobaran al menos como carrera profesional, sabía que bailarina de ballet definitivamente no podía ser, aunque tuviese el conocimiento técnico estaba muy gorda para eso. Terminé mis estudios en la Escuela Nacional de Arte en el año 1975 y sí, creo que hay mucho de suerte en todo este trayecto.”

Durante la entrevista volvía una y otra vez la palabra suerte y es que en ocasiones se convierte en el mejor término que encontramos para darle voz propia al talento. Cuando Liliam Padrón llegó a Matanzas no entendía  aún que “casi nunca sabemos cuál escena de nuestra vida será relevante, ojalá existiese esa previa conciencia, simplemente vivimos.

“Una vez en la ciudad me ubicaron como instructora de danza, fue algo gracioso, en mi vida jamás he trabajado dando clases de ballet en una escuela.  Desde entonces soy una apasionada del universo danzario.”

Si hablamos de danza contemporánea en Matanzas es ineludible el nombre de Liliam Padrón, la Isidora Duncan de la Atenas de Cuba, sin bufandas que ahoguen el virtuosismo. Desde 1987 dirige la compañía Danza Espiral, un colectivo artístico multipremiado que ha formado a generaciones de bailarines, del cual no logra distinguir momentos relevantes porque, justamente, cree que ha sido toda una espiral siempre inconclusa.

“Se trata de una compañía ‘de provincia’, como ni siquiera me molesta que le llamen algunos y en ocasiones me interrogan que si el trabajo en el interior, que si la capital; sin embargo, a mí me parece genial haber vivido y trabajado en Matanzas.” Pero la expresión no absuelve el olvido institucional. La sede de Danza Espiral, o mejor dicho el local de ensayo, es un salón casi en ruinas con un tabloncillo haciendo de las suyas en el cuerpo y, sobre todo, en las vertebras.

Aun así, Lilita imparte además un taller infantil que constituye el primer nido de casi todas las niñas y niños que sueñan con ser  bailarines. “Aunque pueda pelear y exigir, pues la exigencia nunca será suficiente en el arte, les recuerdo que estoy y estaré aquí junto a ellos, porque los quiero y los quiero bien.

“Me defino como una persona honesta, lo cual puede traer muchísimos otros adjetivos y lo sé, no me importan, pero la irreverencia por la irreverencia la considero tan deshonesta como cualquier otra cosa, como una mentira.  Soy responsable de mi obra, de las personas con las que trabajo y de mi sociedad. Me gusta el riesgo y no le veo sentido al arte contemplativo, que sea bello por ser bello y punto.”

A diferencia de otros artistas que se preocupan por perpetuarse y tratar de crear un nombre que los sobreviva, Liliam prefiere los pasos finitos: “Mañana yo puedo no estar y me gustaría que no intentaran perdurar mi obra. Cuando uno termina, terminó, tratar de defender eso es una locura. Yo simplemente he intentado ser feliz y vivir el minuto.”

En Lilita se desdibuja el estereotipo de la bailarina delgada y frágil con un tutú casi de cristal. Ella es todavía un torbellino acompasado sobre el escenario, el pelo negro cae en la espalda y se revuelve en un diálogo continuo, los anchos márgenes de su cuerpo dejaron expandir un talento que nunca supo aquietarse en la estrechez de la carne y la mente. No busca la ingravidez aparente, ella pisa fuerte, no simula, alza el índice. Liliam Padrón es arpegio y huracán, una danza en espiral.

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