De la marginalidad a la excelencia: un genio del teatro matancero

virgilioPolémicas, controvertidas e inexplicables son sus obras, obras que asumieron la personalidad del autor. Al escuchar estas características pudiéramos pensar en él como un ser encerrado en sí mismo, negativo en toda su expresión.

Mas a pesar de la marginalidad que sufrió por asumir su condición sexual en medio de una sociedad homofóbica, supo crecerse desde la literatura y el teatro. Sus presuntos defectos se tradujeron en una suerte de coraza para quien guardaba dolencias espirituales indecibles, para quien construyó una especie de universo propio sobre los cimientos de la más inmensa de las soledades: Virgilio Piñera.

Pero no pudieron ni la tristeza, ni su personalidad deliberada, ni la sociedad que lo rechazó, acallarlo. La inmensidad del hombre que hoy nos ocupa nunca se apagó. Al decir de Antón Arrufat, pese a que sus escritos no se publicaban ni su teatro se estrenaba, siguió escribiendo, con una fuerza oculta que volvía renovada. Virgilio se convirtió, tras la oscuridad silenciosa en la que se fraguó su extraordinaria impronta, en el genio que hoy nos ilumina.

El 4 de agosto de aquel año en que nada aparente sería capaz de trocar los destinos de la Isla, ganaba su primer aliento uno de los escritores más notables de la literatura latinoamericana. Irreverente y precursor; marginal en tanto ser consecuente, de genio mordaz, dinamitador de esquemas; incitante hasta el punto de marcar generaciones de poetas, dramaturgos y ensayistas que le sucedieron, en esa misma tierra que, después de él, no pudo ser más la misma.

Tal vez sus excéntricas y geniales maneras de reflejar el mundo por medio de la literatura y el teatro fueron demasiado anticipadas para ser comprendidas en su época. Quizás fue la sociedad tan injusta que sobrepuso la crítica superficial a su persona ante su encumbrada obra .

En palabras del prominente crítico peruano Julio Ortega, Piñera es un poeta solitario de muchas voces, que se suceden en el valor de su lenguaje, agudo y sarcástico, reflejo de su rebeldía, nostalgia del deseo, melancolía y conciencia de la muerte.  índicecon

Textos teatrales como Dos viejos pánicos y Aire frío, poemas como La Isla en peso, Las furias, Testamento y Vida de Flora; las novelas La carne de René, Pequeñas maniobras y Presiones y diamantes, entre una larga lista de textos, después de varias décadas, hoy se encuentran en su merecido espacio dentro del canon de la literatura y el teatro cubanos.

Casi como pagando una deuda con este nuevo siglo, Virgilio regresa a conmover las intimidades del espíritu de quienes le leen, a sacudir el panorama cultural de la Isla que lo coloca en el sitial que le corresponde. No habrá más reverencia a un autor de su talante que la disconformidad hasta con la propia grandeza, que una cultura que transgreda los límites supuestos, rete a la norma y sea capaz de crear, sobre lo real, un espacio literario auténtico.

El 18 de octubre de 1979 a Virigilio Piñera se le quebró el corazón, dejando listas para publicar siete obras de teatro, dos libros de narraciones y un poemario, entre otros textos inconclusos, producidos desde el ostracismo, pero con la seguridad de lo imperecedero.

Varios de sus poemas lo ubican en la disyuntiva de la muerte y, ante ese temor a la nada, su reacción se esfuerza en exaltar la vida. A una centuria de su nacimiento se me antoja pensar en cómo sería hoy aquel hombre de ideas irreverentes, ingeniosas y rudas, inverosímiles y creíbles, ásperas y delicadas.

El que guardaba sus poemas de amor en el refrigerador, aquel que nos entregó algunas de las más excelsas obras de la dramaturgia y la literatura cubanas de todos los tiempos.

A aquel que fue raro hasta el punto de ser rechazado y cuya compañía más cercana siempre fue la soledad, a uno al que, si hoy no sintiéramos el aire frío de su ausencia, seguramente lo esperaríamos para comer, a Virgilio Piñera,  le dedico hoy el aplauso que mereció en vida.

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