Hablando con la estatua

Cuando Francisco Rodríguez termina de maquillarse, se coloca la peluca de yeso, echa mano al libro verde y sale a la calle, deja de ser Francisco o Pancho, el actor del Mirón Cubano y parece la mismísima resurrección en bronce de Milanés. No precisamente de Pablo el trovador, como le confundieron en La Habana, sino de José Jacinto, el alma en verso de Matanzas.

Si existe alguna estatua viviente en este mundo, si existe de verdad una estatua que respire, salga de su molde, bostece, se sacuda el hollín de los carros y deambule en las noches, es entonces la de Milanés. Quizás por eso Pancho aceptó el reto de permanecer inmóvil un buen rato, sin pestañear, por Milanés, por el teatro y por la ciudad, aunque algunos crean que es puro masoquismo.

“En una conversación entre amigos, el doctor Adolfo Valhuerdi me sugirió hacer algo sobre Milanés ya que por esos días se celebrarían los doscientos años de su nacimiento y yo le dije: -bueno, si Sergio Roque me hace el vestuario yo pongo el cuerpo. Y en las celebraciones por el aniversario del poeta hicimos el estreno.”

Aunque parezca una tendencia contemporánea las estatuas vivientes existen desde la Gracia Antigua y en cada época se le ha conferido diferentes funciones tanto artísticas como políticas porque también se les utilizó para espiar al enemigo. Actualmente es la manera de ganarse la vida de no pocos artistas en Madrid, Buenos Aires, Nueva York; por ejemplo en Matanzas las monedas que les propinan muchas veces llegan del bolsillo de los turistas en Varadero.

Una forma de subsistir y es permitida, pero Pancho aclara que la intención primera fue sacudir de rutina a la ciudad, “llamar la atención de este mundo a lo loco donde la gente camina como hormigas, va a las tiendas, sale a la calle con sus problemas.  Tal vez no tenían en mente ver un espectáculo y de repente están en medio de uno. Desde el momento en que te tomas una foto ya formas parte de la acción artística”.

Mientras Pancho camina por la Calle del Medio, una de las arterias más populosas de la ciudad, algunos le tocan el traje para palpar su textura, otros le miran de frente y le sonríen, no falta el apurado que casi lo empuja y el huérfano de asombro que va por la vida con dos ojos para mirar y no ver.

Eso de las estatuas vivientes no es nada fácil, el lagrimeo que provoca tanto tiempo sin parpadear es incontenible, la obtención de buenos productos cosméticos, el entrenamiento físico para soportar veinte minutos inmóvil…

“A mí el maquillaje me ha producido lesiones en la piel, cuando sales a la calle debes saber interactuar con un público atrevido que no está en un asiento de sala sino a centímetros de ti. Me han pisado los pies, los niños hacen mil muecas para que me ría, en fin, para todo eso uno se entrena porque lo verdaderamente gratificante  es mirarle a las caras y descubrirles la pregunta: ¿es o no es una estatua?”.

Siempre que Francisco Rodríguez interpreta el personaje de Milanés en la ciudad de Matanzas llega hasta el Parque de la Catedral donde está situada la estatua original, al menos la que no necesita tanto como él un vaso de agua. Sobre la base de mármol donde se ha erigido los jóvenes se sientan para adentrarse en su burbuja wifi, Pancho se coloca justo al frente y quién sabe qué rara conexión mediará el alma de José Jacinto, pero algo sucede entre dos estatuas gemelas y la gente.

Un chasquido nos hace comprender que no todos las estatuas son inmóviles, ni siquiera  las de bronce. Marta Valdés le susurra bajito en su canción: José Jacinto no sé si tú me reconoces… y la respuesta del poeta solo la podemos imaginar; pero a la estatua de esta historia, a pesar del maquillaje casi perfecto, cuando ya se marchaba alguien le ha gritado desde la esquina: – Pancho, dame un momentico para hacerte una foto. Ese es el misticismo de la calle, del teatro y de la vida, si es que estas tres cosas no son lo mismo.

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