Nada supera lo que vivió en Girón

Abril de 1961 sigue estando en la memoria de Reynerio Álvarez Carrazana como el combate que más lo desafió. Nada, ni siquiera los días en el Congo y en Angola se comparan con la intensa experiencia de Girón. Absolutamente nada, se sincera el hombre que a los 16 años andaba de alzado por las lomas orientales.

“Teníamos varios elementos en contra. Una zona desconocida para nosotros, una sola vía disponible para avanzar, la carretera de Pálpite a Playa Larga, con la desventaja, además, de que el enemigo había ocupado posiciones y nos superaba en armas y su calidad. Muy complejo resultó el planteamiento estratégico”, reflexiona.

Tito, como lo apodaron de pequeño, acredita con una medalla y un certificado su participación en la épica batalla.  En el cajón donde tanta historia habita, apenas caben los reconocimientos al hombre que también sobresalió en la trinchera del trabajo.

Al vanguardia de 17 zafras azucareras, al ejemplar empleado y dirigente de Ómnibus Nacionales, el único centro donde laboró después del triunfo de la Revolución, mucho le costó vestir el traje del Ejército Rebelde.

Cuenta que cuando subió a las lomas la reacción de los jefes fue devolverlo al llano, “porque ese niño está muy chiquito para andar entre hombres”.  Pero Tito disimuló la molestia y sin que nadie lo notara se arrimó al fogón… Horas después todos tuvieron  evidencias de que él cocinaba mejor que el otro cocinero.

Nadie sabía entonces que a los 14, 15 años, Reynerio preparaba platos en la compañía norteamericana maderera, asentada al oriente de la Isla.

“En la necesidad de ganarme unos pesos nació mi amor hacia cualquier cosa que he hecho en mi vida. Ah, pero después de ganarme un puesto entre rebeldes, dejé la comida en manos de otros…, ahora solo cocino en mi casa”, dice, mientras abraza a su esposa.

La noticia, el silencio, la victoria

Cumpliendo su turno de guardia en la casa de Fidel estaba cuando él y los miembros de la Columna Especial número 1 recibieron la misión de ir a la Ciénaga de Zapata.  En breve llegaron a Matanzas.

Mientras los camiones se arrimaban al central Australia, recuerda, el ambiente se iba poniendo tenso. “Hubo un silencio raro, de esos que te enfrían el alma. No era miedo, era la sensación de rozar el peligro.”

Ya en la Comandancia, Harold Ferrer Martínez, al frente de ese grupo de infantería, les aseguró que “la cosa está fea, pero será una acción gloriosa. No podemos dejar morir la Patria”, algo así nos dijo o al menos yo lo entendí de esa manera.

“A la infantería nos tocó irle pa´arriba a los mercenarios, avanzar bajo los tiros que te peinaban la cabeza”,  y se ríe Tito, recordando qué hubiera sido de él si aparece por allí un cocodrilo. “¡Mira muchacha, con el respeto que le tengo a esos bichos!”

De una cosa está seguro el combatiente. “Fue la fe en la Revolución y en Fidel, en esa valentía con la que nos lideró, donde radica el valor que mostramos allí. Por eso la victoria es y tendrá que seguir siendo histórica.

“Lamento los hermanos que vi caer, la sangre derramada y tanto como eso, aguantar la rabia y respetar la integridad física de los mercenarios. Ni un trompón les podíamos dar. Fueron órdenes de Fidel, una ética de trato al enemigo típica de la Revolución Cubana.”

La indisciplina que nadie supo

Repasando bien los sucesos de Girón, ahora sí Reynerio está convencido de haber cometido una indisciplina cuando aquel día de abril la curiosidad lo llevó a escaparse del grupo. Él y otro compañero echaron a correr  todo lo rápido que pudieron, hasta arrimarse donde el buque Houston había quedado encallado.

“La curiosidad me mataba, quería ver los impactos de los últimos cañonazos lanzados por Fidel desde el cañón autopropulsado,  luego de que lo intentara con  un tanque T-34, acciones que tuve la suerte de presenciar.

“Vimos un montón de pescados rondando el lugar, entonces, entre el temor y la desconfianza, subimos a las partes que quedaban del buque, queríamos llevarnos de allí las armas que imaginamos había, mas, no encontramos ninguna.

“Sin embargo, a pesar de aquella indisciplina que nadie jamás supo, un acto que me pudo costar la vida, viví la mayor emoción de mi existencia. En el símbolo que significaba la derrota del imperialismo yanqui, el fin de la invasión norteamericana,  le juré fidelidad eterna a la Patria”, dice y aprieta contra el pecho la medalla de Girón.

El hombre que hace tres años dejó Matanzas, reside ahora en La Habana, todos los abriles retorna a un pedazo de su vida que inició el 6 de enero de 1941, el día que nació en Piloto del Medio, en el mismo lugar que 17 años después Raúl Castro constituyera el Segundo Frente Oriental, un orgullo que Tito lleva como charreteras, prendidas al uniforme verdeolivo que aún se resiste a guardar.

  • Foto: Noryis

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