Trabajadores del turismo en Matanzas: el gran trecho del dicho al hecho

Que muchos de los trabajadores del turismo en Varadero, por el simple hecho de laborar con turistas ya «piensan que son el ombligo del mundo», era de los criterios que no representaron jamás un secreto para la opinión pública en la sociedad matancera.

Muchos eran los cuestionamientos sobre el colectivo de este sector que comprende buena parte de la población yumurina, debido a la ubicación del mayor polo turístico de sol y playa de Cuba en nuestro territorio. Lo cierto es que la pandemia de la covid-19 ha demostrado con creces que no debemos juzgar ni generalizar los criterios. Como es habitual, repetidas veces pagan justo por pecadores y el imaginario social se nutre de ello.

Muy amén de que existan en algún lugar quienes se consideren dioses del Olimpo (y aclaro, sucede en todos los estratos sociales) desde principios de la actual pandemia los trabajadores del turismo en Matanzas dieron el paso al frente en esta batalla por la vida.

Con las primeras medidas que adoptó la máxima dirección del país a inicios del mes de marzo de 2020 se paralizaba el transporte urbano en la cabecera provincial, sin embargo, en tan temprana estadía muchas personas circulaban aún desde sus centros laborales a sus casas; de facto los trabajadores de Varadero continuaban (con determinadas variaciones en la dinámica laboral) trasladándose hacia el polo en sus ómnibus de Transmetro.

De esta manera el apoyo de estos ómnibus se tornaba indispensable en el traslado de pasajeros (solo 15 personas de la calle, manteniendo distanciamiento, en silencio y con el uso del nasobuco como medida obligatoria).

No voy a negar que hubo uno que otro inconforme con la medida, por desgracia, no todo el mundo sabe ponerse «en los zapatos del otro», del que más ayuda necesita. Sin embargo en mi «pegar el oído a la gente» habitual, andanzas de periodista que debía recorrer a diario la misma y extensa ruta de estas guaguas, presencié hombres que prefirieron sudar un poquito su uniforme de dependiente «recién planchado por la esposa y perfumado» para que una anciana tomase descanso hasta la parada de Peñas Altas.

Recuerdo a una camarera de tez negra y robusta cargar en sus muslos alrededor de 6 o 7 bolsas pesadas para que las mujeres que viajábamos paradas en medio del bus pudiésemos sujetarnos mejor. Suerte que la muchacha aguantó las toneladas que llevaba encima. Hasta se le descongeló un paquete de pollo en el regazo que venía derritiéndose como paletica, envuelto en algún equipaje de los que casi le tapaba la cara…, nunca se quejó de ello.

A mi mente llega hoy la remembranza de aquel chofer cortés y pausado que exigía disciplina con un carisma que demandaba respeto y admiración al mismo tiempo o el «siéntese, muchacha» de algún animador, masajista, mayordomo o cocinero de los hoteles de Varadero.

Ahora se insertan en las labores de recuperación y mantenimiento de sus centros de trabajo, pero muchos otros decidieron unirse a la batalla contra el nuevo coronavirus desde los hospitales donde se enfrenta la enfermedad. Muchos apoyan desde la Zona Roja del hospital Mario Muñoz Monroy, de Matanzas, las labores de limpieza, lavandería, cocina y ornamentación.

Colectivos como el del hotel Iberostar Varadero sobresalen por el aporte de sus trabajadores a las actividades que se realizan en este centro hospitalario. Aquí les he visto pintando brocha en mano, escogiendo arroz, chapeando, lavando y esterilizando, repartiendo solidaridad. Cuando se trata de humanismo la condición de cubanos emana involuntariamente, porque somos así de humildes y solidarios, desde cualquier arista que se nos vea. Los trabajadores del turismo en Matanzas dan el paso al frente, demostrando el trecho que hay del dicho al hecho.

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