Aislamiento

Creía que estaba acostumbrada a esto. ¿Acostumbrada…? En los últimos 33 años he pasado mucho tiempo en una cama o sentada en un sillón hasta que Dios me tiende la mano al borde del acantilado.

Pero esto es distinto. Y en eso es en lo que pensaba dando vueltas entre cuatro paredes durante cinco días. He ahí el talón de Aquiles del Sars-Cov-2: lo  contagioso que es. No eres tú luchando contra un virus que te acompaña desde hace más de tres décadas, ni acudiendo repetidamente al ozono para levantarte, como Lázaro, y seguir andando. Eres tú como potencial foco de transmisión.

Me aprendí de memoria la geografía que se dejaba ver por las ventanas de mi cuarto. Acudía a ellas corriendo a la caída de la tarde para ver el retazo de cielo y cómo cambiaban, paulatinamente, sus tonalidades. Invariablemente, soy otra persona a partir de esta hora del día y hasta el amanecer. Soy otra, más firme, más centrada.

Igual que en los días de lluvia, con sus olores a tierra húmeda y a yerba fresca recién mojada. Es un regocijo interior inexplicable, espontáneo, bendito. Pero, ninguno de esos cinco días llovió. Ni una gota.

Y aunque encendía el televisor y el radio, abría libros y libros y hasta en algún momento intenté leer en el tablet, mi subconsciente estaba bien lejos de cualquiera de esas acciones. Estaba como en otra dimensión, en esa en la que usted no sabe qué esperar.

Sé lo costoso que es un PCR, siglas en inglés que responden en español a Reacción en Cadena de la Polimerasa, un examen ciertamente muy, muy costoso, prueba que determina si uno enfermó o no.

No sé si mis horas de soledad fueron mejores o peores después del PCR, porque entonces los pensamientos se desbocaban y cada vez que transitaba un carro por mi calle, era ese el que venía a buscarme.

Aprendí –siempre se aprende-, que personas tan vulnerables como yo, por la edad y por las patologías asociadas que me acompañan, no pueden, en modo alguno, exponerse, hasta que la epidemia haga una meseta en nuestro país o nos llegue la ansiada vacuna. Detrás de la propaganda siempre hay una verdad irrefutable.

Conocí, una vez más, el valor de la amistad, cuando un amigo corre por ti, sin pensar en realidad en sí mismo.

Y cómo no agradecer a ese médico que confunde los días de la semana, que cree que el domingo es lunes, que recuerda con dolor, “con pelos y señales”, el nombre y los dos apellidos de la primera víctima de la covid-19 en su hospital, que a pesar de sus estrellas y su enorme responsabilidad, saca tiempo para atender, con toda la parsimonia del mundo, a dos locos que a él acuden en un momento crucial de sus vidas.

Me inclino ante ese gesto tan solidario, ante tal desprendimiento humano. De veras, me quito el sombrero.

Supe, otra vez, que tengo la asistencia médica a mano, yo, que durante tantos años me he realizado disímiles pruebas: perfiles hepáticos, ultrasonidos, rayos x, resonancia magnética, cuantificación de inmunoglobulinas y hasta varios PCR, todo lo cual me hubiera costado un fortuna. (¿Hubiera podido sufragarlo?)

En fin, que el susto pasó (¿pasó…?), el miedo se despidió, aunque el aislamiento te deja marcas. Lo más duro fue no jugar con Ian, no dormir a su lado, no revisar sus tareas, no darle la comida…, no revisar diariamente la web, no escribir ni una letra… Fue un verdadero tormento. ¿Y lo mejor? Ian subiendo las escaleras corriendo y entrando a mi cuarto gritando a todo pulmón: -¡Mami, ya se te quitó el catarro!

2 comentarios

  • Qué sentimiento más inexplicable, el gusto de escribir, pero esa Maritza no eres tú. Prefiero a la señora de las crónicas del alma, en situación de inspiración y no del límite. Te agradezco igual. Un abrazo sincero

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