Esperanza en el cubículo 224

Amada desde su litera tiene un ataque de risa por algo gracioso que vio en el celular. La risa, además de llenar el alma, se sabe más contagiosa que la covid-19, por eso Mayra también ríe a carcajadas y a Honorio se le hacen pequeñitos los ojos con un brillo de 73 años.

Desde mi esquina los veo y también sonrío y aunque no recupero el olfato todavía, puedo jurar que respiramos esperanza en el cubículo 224 del centro de aislamiento. Llevamos varios días aquí y nos hacemos cercanos aunque estemos a dos metros, porque la empatía no se sujeta a las distancias.

Resulta complicado para algunos no agobiarse aquí dentro, los he escuchado por el pasillo quejarse del aburrimiento o de la soledad y yo me siento una chica con suerte porque nunca había estado tan acompañada.

Como si en esta litera estuvieran conmigo todos los que forman parte de mi vida, mi gente, que por una u otra vía llega. Están aquí muy cerca, compartimos almohada, mensajes, llamadas, compartimos sonrisas y un poco el corazón.

Cada vez que aparecen me vuelven el día más bonito, me abrazan sus palabras y los estados que me dedican y me «parto de la risa» con sus memes y stickers, y me siento por ustedes más dura que Magalys, más dura incluso que el pan de la bodega, ¡así que fíjense qué nivel de dureza!

Tengo la certeza de que ya falta poco. La experiencia fue un tanto difícil, pero me ha dado lecciones muy valiosas. Puedo decir que soy más fuerte y a la vez más pequeña, pequeñita ante lo inmenso del amor que me han mostrado.

Solo puedo agradecer por tenerlos a todos y esperar que nunca me falten. Ya nos veremos ahí fuera. Mientras, estaré en mi rincón del cubículo 224 en espera de que Amada tenga otro «ataque de risa».

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