Gilberto Valdés: recordando a un clásico de la música popular cubana

Incluido en la lista exclusiva de los grandes compositores cubanos se rememora al matancero Gilberto Valdés Boitel, cuya obra debe ser rescatada como baluarte de las esencias del arte nacional, en reconocimiento a sus partituras de raíces africanas, llevadas a las salas de concierto y a los grandes teatros de Cuba y otras naciones.
Su obra ha sido comparada por su calidad con la de Ernesto Lecuona, Jorge Anckermann, Moisés Simons, Roldán y Caturla y expertos lo consideran entre el grupo de los clásicos populares de Cuba.
El gran escritor y musicólogo Alejo Carpentier expresó sobe el músico matancero: “…especie de Gershwin criollo, que nos ha dado una Rapsodia de pregones y varios poemas sinfónicos afrocubanos para orquesta. Sin embargo, a pesar de sus ambiciones expresivas, Gilberto Valdés nos resulta más interesante en su rumba abierta, para orquesta, llena de desparpajo y gracia, en sus páginas breves para canto y orquesta –Ogguere– o para voz y piano –Baró–, en la que se nos muestra tan amablemente espontáneo, criollo, fantasioso, en virtud de una cierta familiaridad con los materiales tratados que se basta a sí mismo, sin exigir mayores búsquedas.”
Entre sus composiciones se encuentran, además: Tambó, Sangre africana, Ecó, Guaguancó, Rumba abierta, Suite negroide, Sangre africana, Danza de los braceros, Pulpería, Ballet, Likó-ta tumbé, Evocación negra y El botellero, famoso pregón grabado por Bola de Nieve.
Su trayectoria es impresionante. Reseñan los historiadores que nace en Jovellanos el 21 de mayo de 1905. Estudió música en Matanzas y en Cárdenas. A los 15 años se unió a la orquesta de José Raventós y adquiere conocimientos de música sinfónica.
Se traslada a La Habana en 1930 y recibe clases de Pedro San Juan y Hernández Pilato. Termina su preparación en los Estados Unidos.
Ya de nuevo en La Habana, durante la década del 30 del pasado siglo, trabaja con la orquesta de los Hermanos Lebatard. Comienza a realizar trabajos con el folclor musical cubano. La diva Rita Montaner incorpora sus creaciones a su repertorio en el Teatro Principal de la Comedia.
En 1937, el artista hace alianza con el sabio Fernando Ortiz y organiza tres conciertos en el Anfiteatro de La Habana.
Presencia en el cine cubano
En 1938 su música formó parte del filme Sucedió en La Habana, que dirigió Ramón Peón y en la que actuaron, entre otros, Rita Montaner, Garrido y Piñeiro, María de los Ángeles Santana y el trovador Guyún (Vicente González Rubiera). En esta película, Valdés aporta el tema inicial, Rumba abierta. Rita Montaner por su parte, mientras al fondo se movían bailarines, cantaba su bembé litúrgico Sangre africana, secuencia con coreografía de Pablo Duarte, y en la cual el compositor dirigía la orquesta. Sucedió en La Habana su estrenó en Radio Cine el 6 de julio de 1938.
En El romance del palmar, rodada ese mismo año, también bajo la dirección de Peón, figura la música de Valdés, concretamente Yo vengo de Jovellanos. La película, con Rita Montaner a la cabeza del reparto, resultó entonces, tanto en Cuba como en el extranjero, un éxito de taquilla.
Un año después, en 1939, vuelve a escucharse su música en el cine, esta vez en el filme Estampas habaneras, de Jaime Salvador, que reúne en su elenco a Garrido y Piñeiro, Alicia Rico y María de los Ángeles Santana. Estrenado el 10 de mayo de 1939 en el cine Payret, marcó el debut en pantalla de la rumbera Blanquita Amaro.
Incursión internacional
Para 1940 Gilberto Valdés viaja a Nueva York, donde funda la primera charanga danzonera que se haya escuchado en esa ciudad. Entre 1946 y 1956 lo nombran compositor y director musical del Ballet de la afroamericana Catherine Dunham, una de las máximas difusoras de la danza negra neoyorquina.
En 1949 es contratado para tocar y grabar en la firma Montilla, en Madrid, la música sinfónica afrocubana. Imprimió dos discos de larga duración a inicios de la década de 1950 a cargo de las orquestaciones y en la dirección de la orquesta de Cámara de Madrid, en los cuales incorporó los tambores rituales batá (ikónkolo, itótele e iyá) a la orquesta sinfónica.
Gilberto Valdés ofreció su primer concierto en el Carnegie Hall en 1954 y después otro en 1959.
“Nunca me conmovió tanto África, como escuchando a Gilberto Valdés”, expresó André Damaisón, escritor y africanista francés.

Su impronta en la década del 60
Tras el triunfo de la Revolución regresó a Cuba y ocupó los cargos de presidente de la Asociación de Compositores de Cuba y director del Instituto Nacional de la Industria Turística de Cuba. En esa etapa impulsó la construcción de instrumentos autóctonos afrocubanos y otros de su invención como la “valdímbula”, especie de marímbula ampliada con 60 flejes que imitaba el sonido de los tambores rituales afro-cubanos.
En ese período dirigió la Gran Orquesta Típica Nacional, integrada por 64 músicos escogidos entre los mejores instrumentistas del país, experiencia que quedó registrada gracias a la firma cubana Puchito, en un excelente disco de danzones. Por esos años apareció también su disco La música del maestro Gilberto Valdés (Panart) con una big band que, al igual que en el caso de la Gran Orquesta Típica, reunió a verdaderas estrellas de cada instrumento.
Escribió la música de la obra teatral El solar, con libreto de Lisandro Otero y coreografía de Alberto Méndez y compuso música y dirigió orquestas para el Ballet Nacional de Cuba y el de Danza Moderna de Cuba.
Posteriormente fue contratado en Nueva York y allí dirigió una orquesta tipo charanga con la cual hizo algunas grabaciones. Su labor musical se extiende hasta 1971. Falleció el 12 de mayo de 1972.
El legado musical de Gilberto Valdés forma parte del patrimonio cultural cubano por su alto valor artístico.


