La «cola» del banco

Se despierta abrumada con el cantar de los pájaros madrugadores. Disfruta de un café en el balcón mientras siente la frialdad de la madrugada. Se acicala. Aún oscuro el paisaje, sale a la calle,  no sin antes tomar sus tarjetas, documentos, el carnet, y esos pequeños detalles que no se pueden olvidar a la hora de ir a la guerra de todos los días.

Adornada por un nasobuco de flores y una bufanda gris, camina contenta con la esperanza de no llegar la primera, pues supone que los demás ya están allí conversando. Se detiene en la panadería. Al ver el gentío no duda en parar a saludar a todos, pero hoy no puede comprar pan, hoy el primer frente de batalla es el banco.

Marta a sus 72 años pretende derrotar una cola a la que cientos de ancianos van desde las cuatro de la mañana solo para marcar un sitio. Para ella la interminable fila no es castigo, sino el espacio social más ameno que ha tenido después de la aparición de la temida Covid.

Son las 6 y 30 de la mañana en Jovellanos, y la cuadra del banco se obseva repleta de personas mayores que necesitan cobrar la chequera. Desde las cuatro empezamos, dijo una joven, de las primeras de la fila. Como el servicio a domicilio fue eliminado esta es la mejor manera de resolver el problema. Aquí esperaremos hasta que abra, dicen que a las nueve, pero con ellos nunca se sabe, concluyó.

Aunque el disgusto fue general y las quejas afloraron, no se revocó la medida.Con suerte muchos ancianos no tenían que ir hasta el banco, pues existía la posibilidad de que sus hijos se ocuparan del problema. Pero Marta era una señora viuda, que solo contaba con la compañía del televisor y los vecinos. De vez en cuando capturaba alguno que otro médico que iba a pesquisar, y los envolvía entre palabras dulces hasta que terminaban en el sofá, tomándose un café y conversando sobre la vida. El peso de la soledad y de la vejez la habían llevado a disfrutar de las cosas más absurdas. Hasta el punto de utilizar la cola como excusa para salir a relacionarse con sus amigos del pueblo.

Aún bajo el riesgo de contagiarse en semejante aglomeración no es solo el dinero lo que lleva a estas personas a hacer fila. Algunos como Marta van en busca de interacción social, otros se conforman con poder tomar aire puro, y otros simplemente no tienen más que hacer. Lo cierto es que la cultura de la fila desestructurada se mantiene impoluta y si no le ponemos orden nosotros mismos, nadie será capaz de ponerlo.

Una realidad dura de nuestra sociedad que seguimos sin arreglar. Solo queda aferrarse a la esperanza de que Marta se mantenga saludable …

Un comentario

  • Juan D

    Creo q es muy bueno destacar esto ya q también me siento muy afectado por esas colas infinitas, soy administrador de una cafetería y estas colas han creado en mí
    una fobia hacia el banco cada día q me tengo q enfrentar a él, una lástima ver a esas personas mayores desde muy temprano, muchas sin desayunar, sin merendar y acercándose a su horario de almuerzo pero no pueden abandonar esa cola porq d ella depende q puedan comprar sus alimentos.

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