28 de mayo de 2024

Radio 26 – Matanzas, Cuba

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La Atenas de «Titón»

Desde lo alto de las lomas de Monserrate hasta el paseo Narváez, con la espectacular filmación de un vuelo aerostático sobre el Valle de Yumurí y convincentes recreaciones en interiores, Cartas del Parque posee encantos evidentes para los yumurinos, quizá indetectables para cualquier analista cinematográfico

 

Algunos rodajes hacen de la película resultante una crónica en sí misma, un recordatorio en imágenes, a lo largo de los meses de producción, de cómo fue un lugar, su gente, su patrimonio.

Plano general de La Vigía, tal y como los directores artísticos de 1988 la imaginan en 1913. El actor argentino Víctor Laplace, caracterizado como el escribano Pedro, avanza hasta detenerse en primer plano. La sensación de enamoramiento se transmite mejor a esa distancia de la cámara.

En plano opuesto camina hacia él la joven actriz Ivonne López. Sonriente y ruborizada, interpreta a María, su interés amoroso, y al pasar casi roza a mi abuelo, un mulato que aparece de extra como estibador que mueve cajas sin una sola línea de diálogo, pero ni falta que hace el sonido para emocionar a mi familia cada vez que la escena fluye ante nuestros ojos.

Esa fugaz aparición de mi antepasado, atesorada en el recuerdo, en los archivos del ICRT y de Televisión Española, así como en 788 megabytes de espacio en mi videoteca, es sólo parte del minuto 18 de Cartas del Parque. Apenas un interés añadido, frente a los muchos que deben conservar aquellos matanceros que conozcan la existencia, y curiosidades, de una película realizada en su ciudad a las órdenes de Tomás Gutiérrez Alea, ‘‘Titón’’.

Un director para entonces mítico, de estatura artística muy considerable para limitarlo al valor local, rodó un film que hace justicia a su escenario de rodaje. No por ello cuenta con menor interés, al contrario; las localizaciones escogidas favorecen y complementan la historia que se nos cuenta en función de la poesía becqueriana. El conjunto es tan sencillo y apacible como las aguas del San Juan.

Durante su proyección, el matancero tiene la oportunidad de viajar con serenidad a los inicios del pasado siglo y de sentir los decisivos ecos del XIX, más fuertes durante aquellos tiempos, en la arquitectura, el vestuario, el sonido ambiente, la prosa. Constantemente juega a adivinar, e incluso discute con su compañero de visionado, qué calle es la que sale en tal momento o qué parque es el que se atisba al fondo del plano, en un desvío inevitable respecto a los personajes y sus problemas.

No menos importante es la oportunidad de enriquecer la experiencia con testigos del proceso, esos padres, abuelos, amigos, compañeros de trabajo de mayor edad, que fisgoneaban el quehacer de técnicos y actores más lejos o más cerca, bajo la prohibición de hacer ruido. Alguno, mejor documentado que el resto e inconforme con el autógrafo de «Titón», quizá recorriese frenético la urbe a la caza de Gabriel García Márquez, autor del relato que inspira el guión y guionista acreditado.

Desde lo alto de las lomas de Monserrate hasta el paseo Narváez, con la espectacular filmación de un vuelo aerostático sobre el Valle de Yumurí y convincentes recreaciones en interiores, Cartas del Parque posee encantos evidentes para los yumurinos, quizá indetectables para cualquier analista cinematográfico.

Como si se tratase de las cartas del título para sus protagonistas, no puedo evitar leer en ella un mensaje de amor dedicado a los hijos de la Atenas de Cuba.

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