14 de junio de 2024

Radio 26 – Matanzas, Cuba

Emisora provincial de Matanzas, Cuba, La Radio de tu Corazón

Sorpresa en la ONAT

Quise regalarle un mundo, pero solo tenía un paquetico de galleticas de chocolate, insuficiente para mi agradecimiento. (...) se lo entregué como si fueran mil besos por devolverme la confianza. No sé su nombre, pero quiero imaginar que es Esperanza.
Pensar en realizar cualquier trámite en muchos organismos desestabiliza a cualquiera. Imaginamos, primero, la cola de impacientes, antes y después de abrir el inmueble; los colados y la intransigencia y acidez de quien orienta el inicio en la puerta.
Imaginamos, que para algo nos dotaron de imaginación, el rechazo a explicarnos antes de que adopten una decisión a la carrera, sin escuchar argumentos y solo con la intención de salir rápido de nosotros. Y cuando emprendemos el camino hacia esa oficina de cualquier entidad, vamos convencidos ya de que seremos maltratados y no solucionaremos nada.
No se trata del vaso medio lleno o vacío, o del famoso cuento del gato. El marxismo estipula que lo lógico es lo histórico reflejado y en nuestro caso solo valoramos una historia en la que hemos sido agredidos durante años por burócratas y funcionarios ineptos, en el mejor de los casos, o simplemente vagos o malintencionados.
Al acudir esta semana a la oficina de la ONAT (Oficina Nacional de Administración Tributaria) en el municipio de Matanzas, era esta nuestra, más o menos, expectativa. Aún no se habían abierto las mágicas puertas y ante ellas tuvimos la primera sorpresa: sólo había dos personas a la espera.
Y con el también mágico número tres aguardé hasta que una solícita empleada determinó que en realidad era la primera para el tipo de trámite que me interesaba y me pasó de inmediato.
Entré convencida de que alguien me pararía con la presuntamente amable frase: “Siéntese ahí y espere”, pero no ocurrió. Caminé directamente hasta el buró donde me atendería una empleada, y creció la maravilla.
No sé su nombre: mi hábito periodístico cedió el paso ante una conversación útil, didáctica, comprensiva y hasta afectuosa, en la que se apreciaba el respeto a los años y con él la comprensión ante el desconocimiento, sin que interfiriera ese sentimiento de superioridad que en ocasiones percibimos cuando dialogamos con un joven que no ve más allá de que somos: un viejo, o una vieja, dicho con cariño. Junto a ella, ciertamente amable, la jurídica ampliaba y ratificaba.
La muchacha, funcionaria hábil, desentrañó misterios económicos y legales, colaboró gustosa con la conclusión del trámite y, maravilla de un día de abril, sonreía.
No la conozco, no me conoce, no me recomendó alguien, no prometí nada. Y es triste cuando lo que debió ser cotidiano se ha transformado en excepcional.
Quise regalarle un mundo, pero solo tenía un paquetico de galleticas de chocolate, golosina insuficiente para mi agradecimiento. No esperaba nada de mí, pero se lo entregué como si fueran mil besos por devolverme la confianza.
No sé su nombre, pero quiero imaginar que es Esperanza.
  • Tomado del perfil de FB de Aurora López Herrera.

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