Carlos no sabe qué hacer

Carlos es un barbero de la ciudad de Matanzas y se levanta todos los días a las 7:00 de la mañana. Ama su trabajo, él adora el silencio de los clientes.

Este barbero limpia sus máquinas y cuchillas con alcohol, agua y una toalla seca. Ajusta la silla metálica y hasta la hace girar dos veces, como si fuera una tradición. Una hora después llega el primer cliente y reza para que no sea el único del día.

La cosa no ha estado yendo muy bien últimamente. Se acuerda de la última semana, dos clientes, un cliente, cuando más cuatro al día. Su barbería no tiene carteles con hombres de pelo y barba brillantes, tampoco tiene música o una tabla de precios.

Su barbería está en un portal de un barrio de Pueblo Nuevo. El portal es gris, tiene un techo alto, se nota la antigüedad del lugar. Allí Carlos tiene sus utensilios y se mira al espejo preguntándose: ¿hoy ya no viene alguien más?

Carlos cobra por pelar 50.00 pesos, pero ha estado pensando en subir el precio, pues no le alcanza. Piensa en los clientes dejando de ir por culpa de esto. Pero Carlos cree en su oficio, aunque la gente prefiera ir a barberías llenas de colorines y conversaciones de fútbol.

Carlos hoy está pelando a una persona, él está en silencio, pero su cliente no deja de conversar. Este va a ser el primero, piensa Carlos, le voy a decir el precio nuevo: 150 pesos, hay quien cobra 200. Le limpia el cuello y no puede decírselo, le cobra cien pesos.

Ese fue su único cliente en el día.

Ahí está Carlos, con la cabeza agachada, su ropa también es gris. Está sentado en esa silla giratoria, la misma de su padre y de su abuelo. Ya Carlos no sabe qué hacer. Carlos solo quiere trabajar y se pregunta si subiendo el precio la gente vendrá, se pregunta si tiene o no oficio, se pregunta si su padre lo está viendo. Carlos no sabe qué hacer.

  • Mario César Fiallo, estudiante de Periodismo

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