Una mujer del tercer mundo

Soy una mujer del tercer mundo, por eso me levanto todas las mañanas pegajosa por el sudor. No sé porque el tercer mundo siempre es sinónimo de calor, quizá la nieve proporciona algún soporte económico, pero a mí, que me precipita en forma de lluvia, me toca sudar.

Me levanto y me baño con agua muy fría, que dicen que es más sano, pero con unos grados más no me sentarían nada mal. El café me queda malo y como no puedo cuidar mi dieta para tener un abdomen plano, me como un pan con aceite.

Soy una mujer del tercer mundo, razón por la que hace meses no me tiño el pelo o me arreglo las uñas. Tengo ojeras, arrugas, manchas de sol. No tengo cinco serums de distintas marcas, ni cremas contra la edad. Por eso el ajustador que me queda tiene el elástico vencido y se le zafan las pinzas.

Soy la fémina número tres, más número que hembra, más apellido que nombre. No cumplo con los estándares de belleza establecidos por el heteropatriarcado, y eso que me gustaría. Mis rizos no se definen con el shampoo, ni mi pelo brilla. Uso las mismas ropas de hace años y no puedo disimular mis penas con maquillaje o disimular mi figura. Y también es por eso que no me empodero, porque para empoderarme necesito unos tacones que me den un par de centímetros de altura. Mi sangrado lo retengo con algodones y no con compresas o tampones. Pero tengo mucha suerte, mis sandalias siguen enteras, incluso cuando ya se rompieron mis calcañales.

Siempre me he preguntado quién hizo la lista, quien contó los planetas y me puso a mí en el lugar tres. Y por qué hay tanta humedad. O por qué, en vez de chocolate, como azúcar prieta. Soy una mujer blanca, caucásica, moderna, inteligente, preparada, fuerte, hecha aunque no tan derecha, soy un montón de cosas sin privilegios. Una habitante del planeta tres que sueña con saber de ingeniería para construir un cohete.

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