Crónica del camino agridulce: de Matanzas al Valle de Yumurí
El viaje desde Matanzas hasta el Valle de Yumurí es un recorrido que, en el mapa, parece breve: apenas diez minutos separan la urbe bulliciosa del sereno valle. Pero la carretera, insegura, tiene sus propósitos. No se deja atravesar con prisa. Cada bache, cada oquedad en el asfalto, es una advertencia: aquí el tiempo se mide en sacudidas, en esquives prudentes, en la concentración precisa para sortear el hueco que acecha.
Un puente de hierro, herrumbroso y vetusto, exhibe con desparpajo huecos lo suficientemente grandes como para reventar una goma descuidada. Y, sin embargo, es este mismo camino, este forcejeo con la tierra, el que prepara los sentidos para el espectáculo. El paisaje, que se impone a la izquierda y a la derecha, es el cómplice principal de la demora. Invita, exige incluso, que se recree la vista.
La prudencia es ley al descender la loma del Pocito. La pendiente pronunciada se conjuga con un alfabeto de baches que obligan a un baile lento de volante y freno. Y justo cuando el motor protesta y la atención está puesta en el suelo, la curva regala su sorpresa: de pronto, el mundo se abre. Ahí está, desplegado como un tapiz viviente, el Valle de Yumurí. La vista corta el aliento.
Y a la izquierda, erguido con una solemnidad antigua, el Pan de Matanzas vigila el horizonte. Ese promontorio no es solo tierra y roca; es musa. Ha atrapado en sus laderas la luz que después poetas y pintores han tratado de fijar en versos y cuadros.
El camino se enrosca, sinuoso, y la tierra revela su carácter. Es fértil, generosa, aunque pocos campos muestran los surcos ordenados de la siembra. En el trayecto, como un eco urbano en la campiña, surgen los timbiriches: establecimientos rústicos que ofrecen de todo, desde productos manufacturados hasta viandas que deberían hablar del origen inmediato, de la frescura recién arrancada.
Hay una paradoja amarga en sus mesas: el precio, que en teoría debería ser un tributo a la cercanía, en ocasiones supera al de la ciudad, como si la escasez y el esfuerzo añadieran una tasa invisible.
Lo que más golpea, sin embargo, no es la economía, sino el contraste. Una disparidad silenciosa marca el ritmo visual: propiedades impecables, con cercas de cardón bien recortadas y viviendas pintadas con colores que desafían el sol, conviven con otras que claman abandono. Casas que parecen doblarse bajo el peso de la desatención, con techos que suspiran y paredes que se desdibujan. Es un diálogo mudo entre el cuidado y el desaliento, entre el orgullo que persiste y la resignación que se instala.
En medio de este vaivén el camino cruza una herida de hierro y nostalgia: la línea férrea del otrora tren de Hershey. Esas vías, hoy oxidadas, canibalizadas en tramos y mudas, no fueron solo hierro. Fueron un latido. Conectaban Matanzas con La Habana, aliviaban el traslado y, más importante, cosían los pueblos, daban vida a los tramos. Hoy, esos mismos tramos yacen prácticamente incomunicados y las vías abandonadas son el esqueleto de una movilidad que se fue.
El final de mi recorrido lo pone un guardián silente: el motel El Valle. Se levanta al terminar la ruta, imponente en su estructura, pero fantasma en su función. Ya no acoge al turismo internacional; su vocación se ha desdibujado hacia otro objeto social menos definido. Su cerca perimetral, destruida en partes, es una metáfora de fronteras que se caen, de una era que se esfumó y dejó esta estampa de grandeza marchita.
Este trayecto, este viaje de diez minutos que se alarga por la fuerza de la realidad, deja un sabor agridulce en quien lo transita por primera vez o con ojos de visitante. Es la contradicción hecha camino: la belleza natural sobrecogedora y la infraestructura herida; la fertilidad de la tierra y los precios que no cuadran; el orgullo en un jardín y el abandono en la casa vecina.
Para quienes lo recorren a diario, sin embargo, esto ha dejado de ser paradoja. Se ha vuelto normalidad. El paisaje sublime y los baches profundos son las dos caras de la misma moneda que gastan cada día, en un viaje que es mucho más que un simple traslado: es un recorrido por las contradicciones palpables de un lugar detenido en el tiempo, pero vivo en su paisaje y en la resignada rutina de sus habitantes.
