Reminiscencia de una fría mañana de enero (+fotos)
Aunque reciente todavía, para miles de matanceros el pasado 16 de enero emergerá como uno de esos recuerdos que permanecerán siempre. Era una mañana fría, seca, donde una brisa gélida golpeaba en los rostros de las tantas personas que acudieron a un costado del teatro Sauto.
Pocas veces se ha visto semejante multitud concentrada. Sin dudas esa jornada imborrable ingresará por mérito propio en los anales de la historia yumurina. Y es que muchas veces el pueblo se hace numeroso, compacto, ante ciertos llamados.
Es una especie de comunión donde nada pesan las convocatorias y las arengas, que pueden ser útiles, pero existen motivaciones que salen del alma.
Muchos amanecieron ese día más temprano y en silencio se desplazaron hasta el lugar acordado. Colmaron la calle en pocos minutos, y llegado el momento, tal parecía que no cabía un ápice más de tanto dolor concentrado en una multitud.
Ignoramos, y quizás nunca lleguemos a conocer el último pensamiento de Orlando Osoria López, segundos antes del desenlace definitivo. Si nació o no con vocación de héroe. Pero algo de eso llevaba adentro. Era de imponerse metas, de superar obstáculos, como aquella fiebre reumática que le aquejó de niño, y pero que no le impidiera, ya hombre, iniciar una rigurosa carrera militar.
Quizás Orlando Osoria López, el Coronel ascendido al grado inmediato superior post morten, de no desatarse aquella furia desmedida un 3 de enero, hubiese arribado a Matanzas en total anonimato y sin nadie reparar en su grandeza.
Pero la muerte lo alcanzó, digamos que con se halo místico, como suele suceder cuando un guerrero perece en el combate. Y es que desde tiempos inmemoriales se venera a los héroes. Por suerte en ciertas comarcas la modernidad no ha logrado mellar ese sentimiento de orgullo que despierta en los pueblos la partida de un combatiente que decidió permanecer en su puesto hasta la últimas consecuencias.
Dirán los débiles que no son tiempos de heroísmo, que la vida pasa veloz y la gente olvida. Mas no será así para los miles de yumurinos que se congregaron en una mañana fría de enero para rendir honor a un hermano caído.
Estaban allí porque a veces la mera presencia reafirma ese compromiso que se asume con el género el humano, sobre todo cuando sobreviene la muerte de improviso.
Entonces se acude consciente de que esa simple mirada, la mera presencia o el roce de una mano, servirán de consuelo. Incluso se puede asumir como esa manera silenciosa de decir que nada fue en vano. Que existe la posteridad, y hacia ella ascienden esos seres singulares que ofrendan lo más valiosos con que cuenta un ser humano: su propia existencia.
Por suerte aún existen los hombres como Osoria, que no vivía para sí, más para los demás, como bien asegura su hermana Marbelis Sánchez López, quien evoca a su ser querido con esa mezcla de orgullo, dolor y rabia.
“Era la persona más carismática, noble y responsable que existía.
“No vivía para él, siempre al tanto de las necesidades de los demás. Cuando recibía una responsabilidad creaba un ambiente de comprensión y camaradería. Era un jefe admirado, porque emulaba con el ejemplo.
“Ayer me sentí orgullosa porque vi al General de Ejército junto al cuerpo de mi hermano. ¡Duele!, ¡Duele en el alma!, pero me siento orgullosa”.
Marbelis, licenciada con el grado de Capitán de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, asegura que ella contribuyó a que su hermano ingresara en una carrera militar.
“Pensé que me lo habían cogido sin hacer nada. Pero sé que se batió como era él, ¡Un cojonudo como era él!, ¡Un cubano de verdad!”.
A poca distancia de Marbelis permanece el padre de Orlando Osoria. Con quien compartía, además del nombre, la convicción. Que su progenitor perteneciera al Ejército Rebelde y participara en la epopeya de Playa Girón seguramente moldeó a aquel niño que entrando a la adolescencia ya tenía muy claro su vocación.
En más de una ocasión se le escuchó decir que formaría parte de las Tropas Especiales. Y no eran palabras vacías. Algún tiempo después se le vería recorriendo los agrestes terrenos del Cacho, en las montañas del Escambray, como parte de su formación.
Pasarían los años, y tras cumplir importantes misiones alcanzaría el grado de Teniente Coronel. Con esas estrella en su charreteras se batió de tú a tú con los helicópteros que mancillaron el cielo de Venezuela. Como hijo de viejo guerrillero combatió sin titubear y a golpe de metralla cayó combatiendo.
Este viernes 16 de enero su urna mortuoria está arropada por una bandera cubana. Frente a sus restos mortales se han desplazado miles de personas. Sus compañeros de armas se cuadran y realizan el saludo militar.
Otros se llevan la mano al pecho, como indicando que lo llevan en el corazón, que su osadía les llegó adentro, y que su memoria prevalecerá en ese rincón íntimo donde se conserva lo sagrado.
Luego tendría lugar la guardia de honor y los preparativos para el traslado hacia Jaguey Grande, aquel terruño que le acogió como un hijo más de esa tierra. Allí, donde todos le llamaban simplemente Osoria. “Un tipo duro y de respeto, que se daba a querer”, dirá un poblador.
Hasta el cementerio local se llegaron muchos habitantes. Los ojos enrojecidos de más de uno se lograba apreciar desde la distancia. La familia no encontró consuelo. Poco a poco caen en la cuenta de que la partida es definitiva.
Ante el paso marcial del soldado que sostiene sus restos el dolor se agudo se acrecienta.
Entre los dolientes se encuentra Pedro Cordovés. Trata de pasar desapercibido para que no reparen en su tristeza. Meses antes conversó con su amigo de la adolescencia en una calle del este poblado. Fue un encuentro casual, pero único nunca imaginó bien puede ser la última vez que verás a un amigo.
Desde que compartían una misma mesa en un aula del preuniversitario le escuchaba hablar insistentemente de su sueño de alistarse en las Tropas Especiales.
“Siempre fue un muchacho sencillo y humilde. Y siempre quiso ser un Tropa Especial. Cuando amanecí con la noticia de los sucesos del 3 de enero le dije a mi madre: “¡Coño mami! Osoria está en Venezuela…
“El domingo me confirmaron la fatal noticia, y aún hoy no lo creo. Era un hombre bueno, y un excelente combatiente.”
Cae la tarde y los habitantes van formándose organizadamente frente al Panteón de los caídos por la defensa. La solemnidad lo abarca todo. El severidad se adueña de muchos rostros.
La ceremonia transcurre en total silencio. Por momentos solo se escucha el llanto desconsolado de un familiar. Tras el Himno Nacional depositan la urna en una bóveda. Resuena en todo el camposanto varias descargas de fusiles AK-M en honor al combatiente caído.
Breve tiempo después los familiares, amigos, compañeros de armas, y una representación de los habitantes de este poblado, depositan ofrendas florales al pie de su bóveda donde descansan sus restos.
Cerca de allí, un pelotón de la Brigada Especial se mantiene en formación militar.
La rigidez de sus semblantes denota los tantos pensamientos que acuden a sus mentes. A un compañero de armas no se le llora cuando cae, pero sí se le siente profundo en el alma.
Esta tarde nadie sabrá sus nombres, permanecen en total anonimato. Pero quien sabe si son los héroes del mañana. Si emergerá en ellos de ser necesario, y con toda la rabia contenida, la misma osadía y resolución que la del Coronel Orlando Osoria López.
