Perucho Figueredo: del piano a la manigua
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No fue la necesidad material, sino una incurable sed de justicia lo que empujó a Pedro Figueredo y Cisneros a trocar el refinamiento del piano por el fango de la manigua. Nacido en el seno de la hidalguía bayamesa el 18 de febrero de 1818, «Perucho» emergió como una anomalía de lucidez extrema: un jurista y esteta que, en lugar de acomodarse en los privilegios de su linaje, decidió convertir su intelecto en una carga de caballería.
El 20 de octubre de 1868 la historia cubana abandonó el papel para hacerse música y pólvora. No hay imagen más poderosa en nuestra iconografía que la de Figueredo sobre su caballo «Pajarito», rodeado por el delirio de una ciudad recién liberada, garabateando versos sobre la montura.
En ese instante, la composición que hoy conocemos como el Himno Nacional dejó de ser una simple melodía para transformarse en el ADN espiritual de la Isla. Aquella «Bayamesa» no pedía permiso; era un rugido mambí que fundía el arte con el sacrificio, decretando que, a partir de ese momento, la identidad cubana estaría indisolublemente ligada al concepto de que la vida solo es digna si se sostiene sobre el pilar de la libertad.
Capturado en 1870, minado por la fiebre tifoidea y apenas capaz de sostenerse en pie, su traslado a Santiago de Cuba no fue el de un hombre vencido, sino el de un símbolo que se preparaba para su acto final de coherencia. Los españoles no fusilaron solo a un jefe de Estado Mayor, intentaron silenciar la voz que le había dado letra al desafío insular.
Su negativa a claudicar ante el tribunal fue el último compás de una sinfonía de resistencia que demostró que el acero de la voluntad es más resistente que las cadenas de cualquier imperio.
Hoy, la impronta de Figueredo trasciende el bronce de las estatuas para vibrar en el pecho de cada cubano que entona sus versos. Su legado es la síntesis de una ética donde la cultura no es un adorno, sino un arma de liberación.
«Perucho» nos enseñó que morir por la Patria no es el final, sino una transición hacia la inmortalidad, dejando una estela de honor que resplandece cada vez que el espíritu rebelde de la mayor de las Antillas se reconoce en la melodía indomable de su propia libertad.
