Joven adicto en proceso de desintoxicación narra sus experiencias
Quiere recuperar su vida, su novia, la confianza de su familia, ser, simplemente, una persona normal
Alexander* permanece de pie frente a la ventana. A través de ella observa el tejado de varias casas, las ramas de los árboles y un cielo azul claro de escasas nubes. Se mantiene en silencio. Sus ojos intentan alcanzar el horizonte, que por momentos pareciera demasiado lejano desde la sala del hospital donde se encuentra y ha permanecido las dos últimas semanas.
Llegó víctima de la desesperación. Fue él quien finalmente le rogó a su madre por la ayuda que tantas veces se negó a recibir. En aquellos tiempos de euforia desconocía el infierno al que se adentraba.
Hace algunos años, aquella primera vez que coqueteó con los estupefacientes, ignoraba cuánto se podría descender hacia un abismo al que uno mismo se lanza muchas veces desconociendo el peso de las propias decisiones.
Fue cosa de amigos, un momento para distender las tensiones. La primera vez no se cae en la cuenta del peligroso camino al que uno decide entrar.
Fue mayor la necesidad de experimentar lo desconocido, recordará mucho tiempo después en una sala del Hospital Pediátrico Eliseo Noel Caamaño, centro que presta servicios a adolescentes como él, víctimas de la adicción.
Y es que uno nunca piensa que se va a «enganchar». La primera vez se asume como simple curiosidad o necesidad de descubrir nuevas emociones. Esa noche probaron achís. Aspiraron la sustancia desde un pomo plástico. Se sintió libre. Fue la primera vez que se ausentó de la realidad, de esa que quería alejarse por cambios bruscos en su seno familiar.
Una ruptura en el hogar, cambio de residencia, pueden ser de los tantos pretextos a los que se apela para consumir.
Esa noche vio los objetos aproximarse, las paredes se desplazan casi de manera fantástica y le provoca risa. Aquel efecto le duró unas seis horas aproximadamente.
Al regreso a casa suplicaba por un sorbo de agua, o más bien por varios litros. Tal era la sed. También fue presa de un apetito voraz. Sentía un cansancio de siglos.
Pasaron cuatro meses y no repitió la experiencia.
Sí comenzó a fumar con más frecuencia, pero evitó el consumo de las drogas duras hasta un mal día en que apareció en su vida «el químico». Era el preámbulo de la fatalidad, más él, ni sus amigos, lo notaron.
Tras introducir aquel papelito en un cigarro sintió nuevamente la felicidad. O al menos ese espejismo edulcorado. Rememora que se sintió bien, lo que el efecto fue más breve.
«Era algo extraño, perdí la noción del tiempo. Una vez drogado sentí como que esa sensación de flotar me duraba horas, pero una vez pasado el efecto apenas habían transcurrido unos 20 minutos».
Fue así como el consumo se hizo más habitual mientras los efectos de la sustancia duraban menos. Poco a poco dejó de ser el muchacho agradable, noble, respetuoso y hasta tímido, para convertirse en otra persona con un carácter demasiado variable.
Comenzó a presentar problemas en su escuela y perdió su relación con su novia de varios años. Su madre, que permanece junto a su cama escuchando su historia, asegura que notó el cambio radical de su hijo.
Permanecía largas horas en el cuarto sin salir y siempre llevaba los ojos enrojecidos. Se encerraba en su mundo interior y no conversaba con nadie.
Le costaba concentrarse y comenzó a padecer de paranoia. El joven asegura que al desplazarse por su barrio sentía que todos los vecinos conocían su secreto, que veían en el a un drogadicto. Se sentía señalado.
Para erradicar la angustia creciente se refugiaba en las drogas. Ya no esperaba por el amparo de la noche. Comenzó a consumirlas con más frecuencia y a cualquier hora.
Mientras conversa, Alexander mira a través de la ventana junto a su cama, cruza los brazos sobre el estómago y mueve insistentemente los pies.
Su frases son cortas, apenas masculla las palabras. En este punto la conversación le agobia, pero decide continuar. Antes se pasa una mano por la frente mientras que con la otra se frota el codo en un movimiento repetitivo, nervioso.
Le cuesta reconocer que dejó de bañarse. Y lo peor, que en su casa comenzaron a desaparecer objetos. Al principio eran cosas pequeñas, insignificantes, pero con el paso del tiempo no importó el significado sentimental que pudieran tener para sus seres queridos.
Llegó a realizar actos deleznables. Extrajo joyas, dinero de las carteras de abuela, hasta que ya no era suficiente y comenzó a sustraer artículos indispensables en su hogar. En ese punto ya no alcanzaba a pensar en las consecuencias de sus actos, lo importante era consumir.
» Yo estaba mal, oía voces. Los muros me perseguían. Vi animales volando. Las paredes se aproximaban para aplastarme. No dormía, perdí el hábito del sueño. Vomitaba si no estaba drogado. Las madrugadas sin el químico en mi cuerpo eran un sufrimiento».
Finalmente comprendió que tocaba fondo, fue cuando acudió a su familia en busca de apoyo. Por suerte para él siempre estuvo a su lado, pero el no lograba verlos, inmerso como estaba en el mundo oscuro, donde el horizonte se vuelve errático.
Fue así como llegaron al hospital pediátrico para recibir atención especializada. Hoy se encuentra en un proceso de desintoxicación.
En un primer momento lo trataron varios clínicos para analizar el daño físico a su organismo. Luego comenzó el proceso de deshabitualización donde intervienen especialistas en Psicología.
Han pasado 14 días desde su arribo a esta institución. Ha permanecido sobrio y ya adquirió la comprensión del oscuro mundo en el que cayó y del cual, poco a poco, comienza a salir. El apoyo del personal de Salud y familiares ha sido fundamental.
Quiere recuperar su vida, su novia, la confianza de su familia, ser, simplemente, una persona normal.
Mentiría si no reconoce que ha sentido ganas de consumir, pero por primera vez está consciente de cuánto pone en riesgo.
Siente que puede lograr muchas cosas en la vida y que puede empezar de cero.
Alexander se incorpora y se para frente a la ventana. Observa los tejados, las ramas de los árboles, el cielo claro y sin nubes. Fija sus ojos en el horizonte y por primera vez durante nuestra conversación, logra sonreír.
*El entrevistado pidió mantener el anoninato
- Foto genérica tomada de Internet
