Lo prometido es deuda: ¡Y se quedó vacío!

Tal como prometí anteriormente transcribo el relato del guitarrista concertista Ildefonso Acosta, que aparece en su libro Cuerdas de la Memoria, sobre lo acontecido en una de sus presentaciones en el poblado matancero de Los Arabos. El Maestro lo llamó: ¡Y se quedó vacío!

¡Y se quedó vacío!

Fui programado para la Casa de Cultura de Los Arabos, al comienzo de los años 80. Allí ocurrió algo sin paralelo en mi carrera de concertista. Algo que no tuvo nombre. Al llegar me encontré la casa repleta; gente sentada hasta en la baranda del portal, cosa bastante inusual. Normalmente en esta época el público que asistía a actividades de concierto en los municipios era reducido. Esa noche la casa estaba tan abarrotada como si todo el pueblo se hubiera dado cita para escucharme… No lo podía creer… Me sentía muy entusiasmado. Fui recibido por el director.

Luego de hacer un poco de “dedos” y calentamiento, me subo al escenario. Éste me presenta. Comienzo con un aria de ópera transcrito a la guitarra y en el momento que estaba tocando más concentrado, retumba una voz que dice a todo pecho.

– ¡Compañeros, la reunión es en el parque!

Acto seguido el estruendo de las sillas, butacas y de la gente apeándose de los muros me hicieron parar, no podía seguir. Solo permanecieron en aquella sala cuatro personas del público que sí habían ido para escucharme… ¿Qué hacer?… Estaba desconcertado, encaramado en aquel escenario. En cuatro segundos me quedé solo con mi pensamiento y dialogaba: “Aquí no debes venir nunca más, esto es un insulto…, vienes desde Matanzas en tu carro, recorres más de 200 kilómetros, llegas a este municipio tan lejano, traes cultura y total…, mira lo que te han hecho, tremenda falta de respeto. Pero observo que se han quedado cuatro…», me debatía con el pensamiento, aquellos pudieron más y les hice completo el programa.

Al día siguiente recibí una llamada. Era el primer secretario del Partido de Los Arabos, dándome excusa por lo sucedido la noche anterior y pidiéndome que volviera. Por supuesto le dije que no, “nunca más iré a ese lugar”.

Pasaron unos días y llamé a Los Arabos, pedí una reunión con las direcciones del Partido y Cultura. Propuse un plan: yo iría cada tres meses y daría pequeños encuentros o mini-recitales de quince minutos en los centros de trabajo del municipio.

Aprobado el proyecto, di comienzo a una serie de conciertos muy especiales: mi guitarra se oyó en la carpintería del poblado, en la Dirección de Educación, en las escuelas, en la florería, el museo, la biblioteca y la galería municipales, las sedes del Poder Popular y del Partido, y finalizaba siempre en la casona de Finanzas y Trabajo, donde Neyma, mujer profesional de los números y gran amiga de la cultura, me esperaba con todos los economistas y trabajadores en aquel viejo caserón de raída madera para pasar balance y hacer un brindis por los logros que se obtenían. Así se formaba un público cada vez más cálido, receptivo y poco a poco amante de aquella manifestación del arte.

Durante muchos años realicé estas presentaciones en Los Arabos y San Pedro, otro poblado del municipio, las que dieron magníficos frutos culturales en una región casi olvidada, con un desconocimiento tal del arte y de normas elementales de educación que rayaban en el absurdo.

Luego de esta experiencia acudía más de dos veces al año a la propia Casa de Cultura, donde los que esperaban se quedaban a escucharme, gracias al trabajo cultural realizado desde que aquello se quedó vacío.

Muchas veces mis 24 de enero allí se celebran.

Nota: Espero lo hayan disfrutado como lo disfruté yo.

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