A grandes problemas, grandes soluciones

La palabra es ley, señor rey. Tal como prometí voy a transcribir una de las crónicas que aparece en el libro En vías de Solución, crónicas de Cifuentes. Realmente esta fue una de las que más me cautivó, aunque realmente el libro te atrapa de inicio a fin.

A grandes problemas, grandes soluciones

Por suerte los apodos que perduran son los que se ponen con cariño. Para mi grupo de secundaria, Rafaelito, será El Sabio; si alguien pregunta por Francisco Rosa Alfonso, dudamos hasta recordar que así se llamaba Cuquito; y cuando el Granma recoge una de las distinciones que ha recibido el Dr. Humberto Arencibia, al día siguiente nos preguntamos:

-¿ Viste a Picho, el Tomeguín?

Claro que el proceso de asimilación del apodo no siempre es rápido ni fácil. Eso fue lo que le ocurrió a Marta.

Marta pertenece a una excelente familia donde las mujeres se caracterizan, si no por su belleza, sí por su elegancia. Pero el problema es otro. Por los años finales de la década del 50, cuando el modelo de belleza cifuentense era el de las rumberas gordas que venían a los circos, la pobre Marta apenas cubría su esqueleto con una débil capa de músculo y piel; simpática y bonita no podía soportar su delgadez extrema, aún más cuando todo el pueblo la conocía como Marta Saco de Huesos. Rubia, de cuello  merecedor del Ballet Nacional, bastante alta, de extremidades alargadas, el apodo le venía que ni pintado. Aparentemente nadie se atrevió a decírselo, pero luego comprendimos que lo sabía.

Las sayas de plato y las engañadoras, lejos de disimular su perentoria silueta, la destacaban. Pobre Marta, aún no se había enraizado el rock and roll, ni la influencia francesa. Hoy podría ser modelo de la Maison, bailarina o simplemente una flaca con swing, pero entonces era simplemente Marta Saco de Huesos, y reitero que el reconocimiento del apodo, no siempre es fácil. El de Marta fue desgarrador.

En 1958 era común que los rebeldes rodearan el pueblo, se apagaran las luces y algunos disparos alteraban la disimulada tranquilidad de Cifuentes. En un pueblo que no supo de combates ni bombardeos, los pocos tiros que sonaban en la periferia podrían parecernos una gran batalla, por eso una noche en la que Marta se trasladaba desde la casa de sus tías a la suya, la sorprendieron unas descargas y el miedo se apoderó de ella. Recibió un fuerte impacto de adrenalina que le permitió saltar una tapia e ir a pedir refugio en la casa más cercana. Los moradores, que al primer disparo se habían lanzado al piso, escuchaban sus toques apremiantes en la puerta trasera, pero no abrían y se preguntaban quién podría ser. Y así gritaron.

-¿Quién es?

-¡Marta! -respondió ella presa de pánico.

-¿Qué Marta? -inquirió el dueño.

¡Marta! – repitió la muchacha aún más inquieta bajo los disparos y agregó el apellido, pero tampoco así fue identificada.

-¿Qué Marta? – pedía el hombre parado en sus trece.

-¡Marta Saco de Huesos! -dijo la infeliz, rabiosa y asustada.

El tiempo ha pasado e hizo de Marta una hermosa mujer, pero para los cifuentenses, siempre será Marta Saco de Huesos… Así, con cariño.

En lo particular disfruté mucho esta crónica, espero que usted también y con ella cumplí mi palabra de publicarla.

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