Esa agresión constante a nuestros oídos

Resulta extenuante detenerse apenas unos segundos en la amalgama de normativas y legislaciones que en Cuba intentan regular ese flagelo considerado como enemigo público que es el ruido. A pesar de los innumerables intentos por combatirlo, este fenómeno creciente nos acompaña durante la mayor parte del día. Aun en las noches, extiende sus decibeles desde un potente bafle, de esos que tanto abundan en nuestros barrios, convirtiéndonos en rehenes de melómanos entusiastas.

Aunque el código penal lo recoge como delito, la exposición a la contaminación sonora forma parte de la contemporaneidad y, si bien muchos lo sufren, al parecer sus dañinos efectos se asumen ya como batalla perdida. Por ello nadie se inmuta apenas ante aquella motorina que proyecta a los cuatro vientos el último reguetón de moda en plena madrugada.

Para colmo de males, existen los vecinos que se empeñan en compartir, o digamos mejor: ¡imponer!, su gusto musical a fuerza de estridentes melodías que se convierten en persistente ruido. A ello se suma la errónea concepción de que dicha “solidaridad” está admitida hasta la medianoche, logrando así determinado permiso contra la estabilidad emocional de las personas.

Según amplios y enjundiosos estudios, esto afecta el sueño y, por tanto, perjudica la salud humana. Mas, el emisor de semejante agresión no repara en el daño causado contra el buen dormir de sus congéneres ni en los efectos a largo plazo de tal sobreexposición.

“La música es la más bella forma de lo bello”, sentenció el Maestro José Martí; pero bien puede transformarse en un punzante instrumento que taladra los sentidos, sobre todo en la quietud de los horarios menos adecuados, donde el ruido viaja sin resistencia hasta los tímpanos.

La contaminación sonora que padecemos a toda hora y en todo lugar se ha convertido en esa indisciplina social que nos agrede continuamente, y que pocos enfrentan.

Sin duda, seríamos un mejor país si nadie agrediera el espacio físico de la comunidad; pero ello forma parte de esa ensoñación que te cubre con su manto de cansancio, cuando al amanecer sacas la cuenta de que no dormiste bien por sucumbir hasta altas horas a la estruendosa música del vecino.

Como siempre sucede ante el nulo enfrentamiento a estos males que pululan en la sociedad, llegará el momento en que no logremos comunicarnos en nivel bajo como personas civilizadas; y el silencio será solo esa palabra inalcanzable, oculto para siempre en un lugar recóndito de nuestras mentes, del cual nunca más podremos disfrutar.

*periódico Girón

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