Como quien busca la luz en Bellamar

 

¿Qué tan cierta puede ser la vida después de la muerte? ¿Hasta cuándo nos alcanza el último abrazo del amigo, el beso más anhelado del padre, el deseo de retornar, de quedarnos con el poema más reciente, de intentar atrapar todo la vida del mundo y regalársela a alguien para que siga creando?

Rolando Estévez Jordán amó infinitamente la vida y el arte. A ellos se entregó hasta el último segundo de su existencia. Cuando parecía que su obra no regresaría a los teatros, a las galerías, cuando alguien pudo imaginar que el velo de su enfermedad cubriría su extraordinaria creación y lo mantendría alejado, el diseñador, promotor, poeta se impuso y le plantó batalla a la muerte, hasta ahora.

La de este martes no fue una derrota suya. Todo lo contrario. Estévez vivirá siempre en Bellamar, su adorada ciudad, en la Virgen Moreneta de Monserrat, en las escenografías que creó, en la musa de la UNEAC, en Icarón, en el respeto de su hija Lucre y el amor incondicional de Mirita, en las céntricas calles que desandó tantas veces, en el dolor que nos causa su partida, en el Sauto.

Parte de ese empeño creador, manifiesto en su obra sui géneris, tan original que llega a ser inusual, se alberga en colecciones individuales o institucionales, de amantes de la literatura en países europeos y latinoamericanos.

Su inspiración, impregnada en paredes y techos, permanecerá perennemente deambulando a la sombra de los amplios portales al costado del San Juan, buscándolo. Allí, en el edificio donde durante años mantuvo el reino de buen gusto y distinción señorial que aún perdura, su musa retorna en los atardeceres, cuando el sonido de rasgados y recortes se vuelven silencios, convertida desde siempre y para siempre en Vigía.

Conocedor y amante de la historia y la cultura de su bella Yucayo, entregó lo mejor de su arte a esta ciudad. Su labor se vinculó a puestas de algunas de las más representativas agrupaciones teatrales yumurinas: el Conjunto Dramático, El Mirón Cubano, Teatro D´Sur, Danza Espiral e Icarón.

Igualmente dedicó parte importante de su carrera a formar nuevas generaciones de diseñadores. Su obra, consolidada bajo los presupuestos de un hombre consecuente con su pensamiento y fiel a su talento, le hizo merecedor de múltiples reconocimientos en Cuba y el extranjero, entre ellos el Premio Roberto Diago, el gran Premio Fayad Jamís; el Premio Nacional de Gráfica en tres oportunidades, el Premio Nacional de Diseño de Teatro, el Premio Nacional de Diseño del Libro, la Distinción Por la Cultura Nacional, el Premio Brene y el Sello Aniversario 60 de la UNEAC.

Como quien busca la luz, Rolando Estévez Jordán permanecerá creando en el balcón desde donde disfrutó del más sublime de los espectáculos, una imagen que siempre alimentará su inspiración, la esencia misma de su obra casi vista como una postal: en ese maravilloso lugar del mundo se alza impávida, longeva y a la vez renovada, su siempre soñada y hermosa Bellamar.

Y en esos andares entre la literatura y las artes visuales persistirá el espíritu hermoso de este creador que casi siempre vestía de blanco y muchas veces prefirió los girasoles. Talentoso e inquieto, supo hacer de su arte un preciado regalo testimonial, una revelación acerca de los destinos de un hombre y, más allá, de una ciudad y un país.

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