Una bandera reposa sobre la urna que comienza a moverse sobre un vehículo militar. El avance de la caravana solemne atraviesa una vía custodiada por miles de compatriotas que acudieron para rendirles honor.
La lluvia no ha impedido el homenaje, nadie se ha movido, permanecen en el lugar donde descansan sus restos heroicos, según advierten las imágenes que comienzan a inundar las redes.
Hoy Cuba se funde en un solo sentimiento, ese que palpita desde el dolor que a la vez deviene en orgullo ante el valor y la entereza demostrada por sus valientes soldados, que no saben de flaquezas ante el enemigo.
Y uno pudiera pensar que el firmamento sabe de la honda aflicción, que la lluvia persiste como sanadora para aliviar el dolor ante tanta alma buena que se ausentó de improviso, pero a fuego de metralla, como hace los héroes.
Y esa idea reconforta y sirve de aliciente, aunque nunca a esa madre que no verá a su hijo entrar más por la puerta de casa. Pero hacia ella irán todas las miradas de amor y cariño, porque ofrendó lo más valioso de su existencia.
Va y hasta llega a conseguir el sosiego. Y es que en en esta Isla irredenta se aprende a vivir con el dolor, se apacigua, dirían algunos, y robustece reconocerán todos.
Dolores así ya lo hemos sentido más de una vez, y a la larga es lo que nos ha hecho fuertes, con toda la entereza necesaria para subsistir y prevalecer