10 de febrero de 2026

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Zanjón: El deshonroso preludio de una gloriosa epopeya

A casi siglo y medio de aquellos sucesos, el 10 de febrero de 1878 permanece como el recordatorio histórico de que ninguna paz es legítima si se edifica sobre la renuncia a la dignidad y al derecho inalienable de un pueblo a ser dueño de su propio destino

El 10 de febrero de 1878 se inscribe en la historiografía cubana como el instante en que la fatiga material intentó doblegar la voluntad política de una nación en ciernes. Tras una década de beligerancia indómita contra el estatus colonial, donde el machete mambí desafió la hegemonía del fusil peninsular, la firma del Pacto del Zanjón emergió como la solución diplomática a un conflicto que las armas españolas no habían logrado sofocar en la manigua.

Aquel documento, lejos de representar un tratado de paz equitativo, se manifestó como la rendición formal de un sector de la insurgencia que, agobiado por el regionalismo y la carestía, aceptó la pacificación sin la obtención del objetivo supremo: la independencia absoluta.

El general Arsenio Martínez Campos, cuya astucia política superaba con creces su pericia militar, supo capitalizar el fraccionamiento del liderazgo mambí para orquestar este escenario de capitulación. Su estrategia consistió en ofrecer concesiones administrativas y libertades civiles restringidas que lograran desarticular la unidad de los combatientes.

Al fomentar la disolución de las instituciones republicanas, como la Cámara de Representantes de San Agustín del Brazo, el mando español logró que la desmoralización se extendiera entre las filas revolucionarias, convirtiendo el agotamiento físico en una claudicación de principios que traicionaba el espíritu de 1868.

El acuerdo contenía cláusulas que pretendían normalizar la tutela de la metrópoli bajo un barniz de modernidad, incluyendo una libertad de prensa vigilada y la creación de partidos políticos que debían lealtad absoluta a la Corona. Estas medidas, sumadas a la manumisión selectiva de esclavos bajo armas insurrectas, constituían una maniobra cínica para fragmentar la base social de la Revolución.

Se buscaba, mediante la tinta y el sello oficial, borrar los ideales de justicia universal que habían impulsado a hombres de todas las razas a unirse en el campo de batalla por una causa común.

Para el mambisado de estirpe más pura, la rúbrica en el Zanjón supuso un agravio a la memoria de los caídos en la contienda. La aceptación de la autoridad hispana como rectora del destino insular reducía una gesta emancipadora de diez años a una simple asonada por reformas coloniales.

Este episodio de debilidad institucional puso en riesgo la propia existencia del proyecto nacional cubano, al permitir que el deshonor de la entrega se presentara bajo el disfraz de la sensatez política y el cese de las hostilidades.

Pese al aparente triunfo de la diplomacia peninsular, la historia conservaba una reserva de decoro en los estratos más profundos de la insurrección. Mientras en el centro de la Isla se celebraba el fin de la guerra, en los departamentos orientales el temple de los patriotas intransigentes preparaba el terreno para la impugnación del oprobio.

La figura de Antonio Maceo refulgió entonces, no solo como líder militar, sino como el guardián de la conciencia revolucionaria, comprendiendo que la libertad genuina jamás podría germinar bajo el amparo de un pacto que ignoraba la soberanía y la abolición total.

La trascendencia del Zanjón radica, por tanto, en su condición de catalizador moral; fue el abismo necesario para que la nación comprendiera el valor de la unidad y la intransigencia. Aquella capitulación se transformó, por la fuerza de los hechos, en el cimiento sobre el cual se erigió la Protesta de Baraguá semanas después.

A casi siglo y medio de aquellos sucesos, el 10 de febrero de 1878 permanece como el recordatorio histórico de que ninguna paz es legítima si se edifica sobre la renuncia a la dignidad y al derecho inalienable de un pueblo a ser dueño de su propio destino.

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