Teresa Vega: cuando un corazón de oro también supo latir herido
Hay oficios que se aprenden, pero también vocaciones que se viven. Teresa Vega Montalvo pertenece a ese segundo grupo. Desde que en 1982 recibió su título de enfermera, supo que lo suyo no era solo aplicar puntualmente medicamentos o tomar signos vitales: era estar presente cuando el cuerpo duele y el alma tiembla.
Sus primeros años en el Hospital José Ramón López Tabranes la moldearon. Allí entendió que la enfermería es tan técnica como humana, que una venda puesta con cariño alivia más que cualquier analgésico.
En 1986 dio un paso adelante y se especializó en Administración; al año siguiente ya dirigía el Servicio de Medicina. Pero no fue un cargo para engrosar su currículum. Para la seño Teresa, liderar siempre ha significado servir, escuchar y sostener al equipo tanto como a los pacientes.
Llegó al Hospital Faustino Pérez en 1995 y encontró su lugar en el mundo: la sala de Reumatología y Fisiatría. Allí pasó diez años que ella misma define como inolvidables.
Era la que llegaba temprano, la que conocía el nombre de cada paciente, la que sabía cuándo hacer una broma, llamar la atención o guardar respetuoso silencio. El servicio de Reumatología transmutó en su segunda familia, y sus compañeros, en hermanos de batalla.
“La dedicación no fue una obligación, sino una elección del alma”, confiesa con la mirada en aquellos años.
Cuando el cuidado cruzó fronteras
Teresa nunca concibió su profesión entre cuatro paredes. En 2006 partió a Venezuela en misión internacional, y allí estuvo tres años.
Al regresar, la sala de Reumatología ya no existía. El destino, caprichoso, la llevó a Nefrología, un servicio distinto pero igualmente exigente, donde los pacientes conviven con el tiempo y la máquina, porque cada sesión de diálisis es un acto de renovación.
Pero el viaje más largo llegaría después. Entre 2016 y 2019, Teresa cruzó el mundo hasta Timor-Leste. Allí, en un rincón del sudeste asiático, demostró que el cuidado no necesita traducción: una mano tendida, una mirada cómplice, una palabra dicha con ternura. Demostró que la enfermería es un idioma universal.
La lección más personal: enfermar para entender
Cuando el Covid-19 estalló, Teresa estaba en primera línea. Pero el virus, ciego e implacable, no creyó en distingos. Ella también enfermó.
La que durante décadas había aliviado el dolor ajeno sintió en carne propia el peso de la enfermedad, la soledad del aislamiento, el miedo que tantos pacientes habían sentido, un temor alimentado por una epidemia que avanzaba exponencialmente y cegaba vidas sin pudor.
Fueron días duros. Pero Teresa, hecha de otra madera, no se rindió. Poco a poco fue recuperando fuerzas, y cuando su cuerpo dijo «basta», su espíritu replicó «sigo».
Se reincorporó al trabajo con la misma convicción de siempre, pero con una mirada nueva. Había aprendido algo que ningún libro de enfermería enseña. “A veces hay que enfermar para aprender a curar mejor”, reflexiona con esa honestidad que solo demuestran las pruebas superadas.
Una vida de entrega
Hoy Teresa continúa en la sala de Nefrología, atenta a cada detalle, presente en cada gesto. Sus pacientes no son simples papeles de resultados clínicos; son personas con historias, con miedos, con familias que esperan noticias.
Y ella sigue ahí, con la misma pasión de aquella joven de 1982, porque supo que la enfermería no es un trabajo: es una actitud ante el mundo.
El pasado 29 de agosto, Teresa Vega Montalvo cumplió años, momento de reconocimiento de que la salud se construye con las manos, pero también con alma y que incluso, cuando el cuerpo flaquea, hay un corazón de oro corazón que sigue latiendo.
