25 de mayo de 2024

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Un diamante con alma de beso

Ignacio Agramonte y Loynaz produjo en sus admiradores y detractores disímiles criterios que llevaron a nombrarlo y hasta enaltecerlo de múltiples formas
La histórica Plaza de la Revolución Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz
La histórica Plaza de la Revolución Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz es sitio de perenne homenaje al Mayor y escenario de importantes acontecimientos en la provincia de Camagüey. Autor: Rodolfo Blanco Cué

CAMAGÜEY.— ¿Cuántos nombres o epítetos recibió el mayor general Ignacio Agramonte y Loynaz antes y después de su muerte en combate, ocurrida el 11 de mayo de 1873 en una de las jornadas más lamentables de la historia patria?

Las maneras de nombrarlo no fueron pocas y para conocerlas nos adentraremos en una especie de acertijo práctico y literario, porque en cada uno de estos sobrenombres se describe una cualidad para distinguirlo y amarlo, para preservar la herencia de quien fuera y es hijo excepcional de la tierra camagüeyana, respetado incluso por aquellos que pretendían desdeñarlo.

Por su fecunda historia y leal proceder, múltiples son los calificativos honrosos de este abogado mambí que la posteridad no ha dejado en el olvido. El más famoso, sin duda alguna, es el Mayor, usado por primera vez el 9 de julio de 1873 por el brigadier norteamericano Henry Reeve.

Su elección responde al alto grado ganado con coraje en las llanuras centrales y a que en los partes militares enviados por este ilustre camagüeyano a partir de mayo de 1869 firmaba como «el Mayor General» y luego aparecía su nombre.

Para el patriota y periodista Ignacio Mora de la Pera, Agramonte fue «la mejor figura de la Revolución», según publicó el 11 de junio de 1873.

Durante todo el año posterior a su muerte, el prócer generó otros apelativos, entre los que se destaca el escogido por el Presidente de la República de Cuba en Armas, Carlos Manuel de Céspedes, quien el 8 de julio de 1873 lo declaró «heroico hijo».

Igualmente, el doctor Félix Figueredo Díaz, brigadier y jefe de sanidad del Ejército Oriental lo nombró, 15 días después al referido por el Padre de la Patria, «ídolo de los camagüeyanos», y el generalísimo Máximo Gómez Báez en ese propio mes lo enalteció como el «futuro Sucre cubano».

Le sigue en la larga lista de honores el que le impuso su ayudante y miembro de su escolta, el capitán villareño Ramón Roa Garí, quien lo definió en 1873 como «el Hombre de Hierro».

A finales del siglo XIX, el periodista camagüeyano Ricardo Correoso y Miranda publicó en el periódico El Machete (edición del 18 de mayo de 1887) un atrevido artículo que honró a Agramonte —la Isla aún estaba sometida al yugo de España—, designándolo como «ilustre abogado» y como un Washington cubano.

Brillan entre tantas las referencias del Héroe Nacional, José Martí, quien el 10 de octubre de 1888 lo llamó «diamante con alma de beso», en un artículo publicado en Nueva York, y también lo magnificó con esta expresión estremecedora: «Era como si por donde los hombres tienen corazón tuviera él estrella».

Ya en el siglo XX, el 20 de mayo de 1902, el entonces reportero y antes escolta de Agramonte, Manuel de la Cruz Delgado, lo conceptuó como «insigne paladín» y «arquitecto de la Revolución».

Cuando se cumplieron 26 años de su muerte, el camagüeyano y coronel de la Guerra de Independencia Manuel Ramón Silva y Zayas lo aclamó como el Mártir de Jimaguayú. En esa propia fecha ratificó su admiración por el héroe con otros tres epítetos gloriosos: el Libertador, el Titán y el Campeón de la Libertad.

También en el periódico habanero La Verdad apareció un artículo a propósito del aniversario de su muerte que lo describe como «egregio caudillo».

Para los veteranos de la Guerra de Independencia, Agramonte siempre fue el paladín de la vergüenza, Apóstol inmaculado y aún más. El brigadier cubano y escritor Enrique Collazo Tejada lo consideró «salvador de la Revolución» y lo describió el 21 de febrero de 1921 como «coloso genio militar».

Para el estadista y patriota cubano Manuel Sanguily Garrite, muy cercano al héroe camagüeyano y siempre agradecido por el impresionante rescate de su hermano Julio, la figura de Agramonte cobraría realce continental y universal, al punto de nombrarlo el 30 de agosto de 1917 como «un Simón Bolívar».

Más allá de los calificativos que despertara por su conducta y valores demostrados, su ejemplo ha alentado tanto a esta región que lo vio nacer y erigirse en paradigma de cubano, que a los lugareños de esta provincia se les conoce también como agramontinos.

Camagüey, su ciudad natal, es nombrada la Tierra del Mayor, un nombre que inspiró al cantautor cubano Silvio Rodríguez Domínguez en su poética pieza musical, estrenada justo al cumplirse un siglo del trágico combate, en 1973.

El enemigo también lo magnificó

A Agramonte además le endilgaron otros apelativos no tan bellos, generados por el temor que provocaba en sus enemigos.

En el artículo La memoria, que pertenece al texto Ignacio Agramonte y el combate de Jimaguayú —una obra fruto de una acuciosa investigación científica firmada por un colectivo de autores integrado por Raúl Izquierdo Canosa, Ángel Jiménez González, Roberto Pérez Rivero, Elda Cento Gómez, Ricardo Muñoz Gutiérrez, Jesús Ignacio Suárez Fernández y José María Camero Álvarez—, de ediciones El Lugareño, se recogen expresiones de afrentas como las de «cruel y déspota».

¡Y qué decir de esta frase no menos injuriosa, «cabecilla de más importancia», empleada por el periódico El Gorrión el 12 de mayo de 1873! Aunque esa publicación pro española lo magnificó dentro de las huestes mambisas, su propósito era degradarlo, objetivo que nunca logró, porque el efecto de su ejemplo fue siempre el contario en amigos y enemigos. ¿No les parece?

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