El doble discurso del poder: petróleo, amenazas y resistencia
En el escenario geopolítico contemporáneo, pocas figuras han encarnado con tanta claridad la contradicción entre discurso y acción como Donald Trump. Mientras en sus intervenciones públicas se presenta como un defensor de la libertad, la democracia y los derechos humanos, sus decisiones estratégicas revelan una agenda profundamente marcada por intereses económicos, especialmente aquellos vinculados a la industria petrolera. La firma de acuerdos con grandes corporaciones energéticas, incluso en contextos de tensión internacional, deja en evidencia que la prioridad no es la autodeterminación de los pueblos, sino el control de recursos estratégicos que alimentan la maquinaria del poder.
Un ejemplo elocuente de esta contradicción es la postura adoptada frente a Venezuela. A pesar de las constantes amenazas, sanciones y presiones diplomáticas, el pueblo venezolano ha resistido con firmeza, defendiendo su soberanía frente a los embates de una política exterior que, más que promover la libertad, parece obsesionada con imponer un modelo económico y político alineado con los intereses de Washington. La narrativa de «liberación» que se esgrime desde los podios oficiales se desmorona cuando se contrasta con la realidad de los hechos: mientras se condena públicamente a un gobierno, se negocia en privado con empresas que buscan explorar los mismos recursos que dicen proteger.
Esta dinámica no es nueva, pero sí cada vez más evidente. El uso del discurso democrático como fachada para justificar intervenciones, bloqueos o ingerencias ha sido una constante en la historia de las potencias imperiales. Lo que cambia son los rostros y los métodos, pero la lógica de fondo permanece: asegurar el acceso a materias primas, garantizar la influencia geopolítica y consolidar un orden mundial que favorezca a los grandes capitales. En este contexto, Venezuela se convierte en un símbolo de resistencia, no solo frente a un gobierno extranjero, si no ante una estructura global que castiga la disidencia y premia la sumisión.
El pueblo venezolano, más allá de sus diferencias internas, ha demostrado una capacidad admirable para sostenerse en medio de la adversidad. Su lucha no es solo por un presidente o un modelo político, sino por el derecho a decidir su destino sin tutelaje externo. Esa residencia, que no siempre encuentra eco en los grandes medios de comunicación, es una lección de dignidad que interpela a quienes aun creen en la justicia internacional y en la posibilidad de un mundo multipolar.
En definitiva, el caso venezolano expone con crudeza los verdaderos intereses que se esconden tras la retórica de ciertos líderes. No se trata de libertad, ni de democracia, si no de petróleo, poder e imposición. Y mientras esa verdad se mantenga oculta tras discursos cuidadosamente elaborados, será tarea de ló pueblos seguir desenmascarando el doble estándard de quienes dicen đefender la libertad mientras negocian su precio en barriles.
