Matanzas: La ciudad dormida
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Este domingo la vida me llevó desde mi barrio, en el reparto Armando Mestre, en Matanzas, hasta el antiguo Hospital provincial, hoy transformado en Hospital Ginecobstétrico José Ramón López Tabrane. El viaje, dividido en dos etapas, comenzó con un coche tirado por caballos hasta la antigua Plaza del Mercado y continuó a pie desde allí hasta el hospital.
Caminar, a diferencia de ir en un vehículo, me regaló imágenes que suelen pasar desapercibidas: detalles borrosos, escenas en blanco y negro, una ciudad que parece moverse en cámara lenta. Y entonces recordé uno de los apelativos más poéticos de esta hermosa urbe: «la ciudad dormida».
Sí, he hablado antes de este nombre, pero nunca con todos sus matices. Hoy, Matanzas bulle de lunes a viernes, especialmente en su centro; los sábados, el ritmo se amaina, y los domingos…, los domingos es cuando el sueño se hace realidad. Calles quietas, plazas vacías, un silencio que provoca nostalgia.
Para hacer más ligera la caminata, me sumergí en una pregunta: ¿Quién bautizó así a Matanzas? ¿Cuándo y por qué? La curiosidad fue tal que los más de dos kilómetros pasaron sin que me diera cuenta.
De regreso, repetí el trayecto y comencé a tejer mentalmente esta crónica, sin otra intención que la de entender. Pero faltaban piezas, así que esa tarde dominical se convirtió en una investigación elemental.
Fue así como descubrí que el poeta matancero Bonifacio Byrne —de quien se conmemora este tres de marzo el 165 aniversario de su natalicio— popularizó el apelativo a finales del siglo XIX o principios del XX. No hay una fecha exacta, pero se vincula a su obra, escrita entre 1890 y 1920, donde contrastaba la serenidad de Matanzas con el bullicio de La Habana.
Antes de saber esto, durante mi caminata, pensé: «Quien la llamó ‘dormida’ debió hacerlo un domingo», porque si hubiera visto la ciudad un lunes cualquiera, quizás habría elegido otro nombre, pensando en la actualidad.
Pero Byrne no solo vio el ritmo pausado; disfrutó de la calma geográfica, de la paz que transmiten el río Yumurí y el San Juan, la bahía, las colinas…, un escenario de ensueño.
En aquel entonces, mientras otras ciudades crecían aceleradamente, Matanzas mantuvo un compás más lento, especialmente tras el declive de su esplendor económico en el siglo XIX. Y no fue solo Byrne quien admiró esta quietud. Otros, como la poetisa Carilda Oliver Labra, «la novia de Matanzas», también convirtieron su entorno en un «sueño poético».
