27 de febrero de 2026

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Céspedes: Más allá de La Demajagua

El acto final, hace 152 años, fue el jaque mate que lo hizo eterno. Aquel 27 de febrero de 1874, desprovisto de escolta y con la visión nublada, el viejo león no permitió el escarnio del grillete. Frente al acoso de la cuadrilla española, prefirió el abismo de un barranco antes que la capitulación.
Pocos sospecharían que el grito de libertad en La Demajagua fue orquestado por un hombre que vestía la seda de Europa y traducía la Eneida en la soledad de su despacho. Carlos Manuel de Céspedes no fue un insurrecto de taberna, sino un esteta del Derecho que, el 10 de octubre de 1868, trocó sus privilegios de cuna por el polvo del camino.
Al manumitir a sus esclavos, el abogado bayamés comprendió, con la lucidez de quien ha recorrido el Viejo Mundo, que Cuba no necesitaba un amo más culto, sino un pueblo más libre, por lo que consolidó a su ingenio azucarero como la pira pionera del sacrificio nacional.
Su vida en la manigua fue una extraña mezcla de rigor militar y refinamiento intelectual. Resulta casi cinematográfico imaginar al Padre de la Patria transportando un tablero de ajedrez entre los matorrales, convencido de que la estrategia frente a las piezas blancas era el ensayo perfecto para burlar a las columnas españolas.
Céspedes era un polímata: esgrimista de estocada fina, jinete impetuoso y melómano que regaló a la mayor de las Antillas su primera joya romántica, «La Bayamesa». En él, la cultura más que un adorno, era el escudo que le permitía mantener la compostura de un estadista incluso cuando la República en Armas, en un arranque de ingratitud burocrática, lo despojó de su investidura.
El temple de su carácter se selló con una frase que hoy es mármol, pero que nació del dolor más crudo: «Oscar no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueren por las libertades patrias”. Al negarse a canjear la vida de su vástago por la rendición, Céspedes trascendió la condición humana para entrar en la mística.
Ese hombre, que en la paz disfrutaba de la ópera y el baile, terminó sus días en el intrincado San Lorenzo, enseñando las primeras letras a niños serranos mientras esperaba, con una paciencia casi santa, un salvoconducto que sus propios correligionarios le negaron. La soledad no fue su derrota, sino el pedestal de su dignidad inquebrantable.
El acto final, hace 152 años, fue el jaque mate que lo hizo eterno. Aquel 27 de febrero de 1874, desprovisto de escolta y con la visión nublada, el viejo león no permitió el escarnio del grillete. Frente al acoso de la cuadrilla española, prefirió el abismo de un barranco antes que la capitulación.
Su cuerpo fue tratado con desdén por sus captores, arrojado entre sacos de carbón como si la materia pudiera apagar el mito; pero al final, como en una partida de ajedrez magistral, Céspedes sacrificó su reina, la vida, para asegurar la victoria final de la memoria cubana y elevar su último aliento hacia la posteridad.

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