Daysi Ramírez Naranjo: la orden en el pecho y el faro en el actuar
Existe en Matanzas una luz que no proviene del sol caribeño que se estrella contra los puentes yumurinos, sino de la mirada serena de Daysi Ramírez Naranjo. Esa luz se sostiene en la verticalidad de su figura delgada, alta como las cubanísimas palmas, y se filtra en cada gesto de quien ha hecho de la justicia su religión y de la fiscalía, su templo.
A sus casi 37 años de carrera, Daysi camina por los pasillos de la Fiscalía Provincial con la seguridad de quien conoce cada rincón, cada expediente. Pero no hay en ella altivez, sino la humildad de quien sabe que su oficio no es gloria, sino servicio. Es una Mariana de estos tiempos, a las que no doblegan las vicisitudes ni las crisis; de las que cada día entregan una mejor versión de sí mismas y se convierten, cada amanecer, en faro de otros; de las que no solo persiguen delitos, sino justicia para los vulnerables, para los que no tienen voz.

No es casual que la Orden Mariana Grajales —máxima distinción con la que se premia a aquellas féminas que constituyen una muestra excepcional de actitud revolucionaria o internacionalista; a las de aportes extraordinarios en la formación de las nuevas generaciones, las que colaboran en el logro de la plena incorporación de la mujer a la sociedad, al desarrollo del país o la defensa de la patria— haya recaído en ella. Es el premio al esfuerzo y sacrificio de una mujer que, desde su juventud, supo que su lugar estaba en la Fiscalía, aunque todavía no supiera todas las batallas que libraría.
«Me gradué en el año 1989 en la Universidad de La Habana. En las opciones de trabajo pedí la Fiscalía. Es decir, de las posibilidades para poder laborar, yo siempre me vi como fiscal y no como otra de las actuaciones de un estudiante graduado de la carrera de Derecho. Llevo más de 36 años aquí».
Más de tres décadas. El tiempo suficiente para que sus huellas se hayan impreso en los pasillos de las fiscalías municipales de la Atenas de Cuba y de Limonar, y también en las instancias provinciales de Las Tunas y Matanzas. Un recorrido que no ha sido lineal, sino un río que ha ido encontrando cauces, ensanchándose, aprendiendo a sortear las piedras que el destino y la historia ponen en el camino.
«La fiscalía es una institución del Estado, un órgano de control, donde todo está muy bien organizado e instrumentado. Tiene procedimientos de trabajo, y lo que hay que hacer es cumplir con lo que está normado».
Pero Daysi no es una mujer de normas frías. Por eso, cuando habla de su trabajo, su voz no se eleva en tonos grandilocuentes, sino que se vuelve más pausada, más profunda, como quien sabe que está tocando las fibras más sensibles de la existencia humana.
Retos siempre existen, dice, y en sus palabras se adivina la sabiduría de quien ha visto muchas generaciones de fiscales desfilar por su lado. “Jóvenes que empiezan y a los que hay que enseñar, porque aunque se concluyan los estudios universitarios y vengan con una base que en lo teórico y doctrinal les permite conocer las diferentes instituciones del derecho, requieren ayuda para aplicarlas y estar a tono con la realidad que vive un país como el nuestro. Un país con dificultades, bloqueado, con tantas amenazas que acechan desde todas las orillas”.
La preparación dentro de la fiscalía es fundamental, insiste: «Es de las cosas que nos permiten poder avanzar en el trabajo. Existen, en determinados momentos, acciones que emprender para las que se debe estudiar mucho antes de llevarlas a cabo.
“En la esfera de procesos penales, en el año 2022 se pusieron en vigor muchas leyes. Lo que habíamos estudiado desde el punto de vista doctrinal no cambió en cuanto a instituciones de derecho, pero la manera en que van a ser aplicadas o el procedimiento para aplicarlas sí cambió, y hubo que insertarse en estas nuevas maneras de hacer. Estudian los que tienen que ejecutar ese procedimiento, pero los jefes que guiamos a los fiscales que ejecutan también tenemos que conocerlos y dominarlos.
«Amo el trabajo de la fiscalía —confiesa, y en esa confesión hay una verdad que no necesita pruebas— porque por encima de todo defiende intereses sociales, intereses de la mayoría, de los vulnerables, de las personas más desprotegidas, de las víctimas de los procesos, y por supuesto, defiende la institucionalidad del país, todo lo que está regulado en normas, lo que hay que cumplir para que una nación funcione”.
Luego, con esa sinceridad que no busca efectos sino verdad, añade: «Pero sin duda tengo que decir que sí: la fiscalía es mi vida». No es una frase hecha. Es una declaración de principios, porque ha entregado a la Fiscalía no solo sus horas, sino sus días enteros, sus noches de insomnio, sus certezas conquistadas a fuerza de expedientes. Ella eligió este camino, y lo recorre con la convicción de quien sabe que la justicia no es un lujo, sino una necesidad.
Cuando le preguntan por la Orden Mariana Grajales, la máxima distinción que otorga el Consejo de Estado a propuesta de la Dirección Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas, Daysi se queda en silencio unos segundos. Es un silencio que pesa, que se llena de imágenes, de rostros, de historias. Luego habla, y sus palabras vienen envueltas en esa humildad que la caracteriza.
«Uno siente un inmenso orgullo y un gran compromiso, pero a la vez también analizo: ¿qué he hecho para ser merecedora de esa condición? Llevo muchos años trabajando con la Federación y he conocido féminas extraordinarias. Desde mujeres que son profesionales y llevan a cabo su labor, hasta macheteras u ordeñadoras, y uno mientras escucha esas historias de vida piensa: ¿cuál ha sido mi aporte cuando ellas han hecho tanto?»
En su pecho, la distinción que recuerda a Mariana Grajales, la mambisa que no dudó en alzar a sus hijos para la guerra, la que cosía heridas y cargaba fusiles con la misma determinación con que las mujeres de hoy enfrentan sus propias batallas.
Daysi es, sin duda, una de ellas. No lleva machete ni fusil, pero su arma es la ley, su trinchera es la Fiscalía, y su victoria, la certeza de la justicia.
Recibe esta condecoración, sobre todo, con la humildad de saber que representa a más del 80% de la composición fundamental de la fiscalía en la provincia de Matanzas y en todo el país.
“Mujeres que se sacrifican día a día, que tienen que enfrentar la labor del hogar, la crianza de los hijos, cómo sostener la vida familiar, y que vienen día a día a realizar su trabajo. Un trabajo que no siempre es el más agradable, porque dentro de las funciones del fiscal está el ejercicio de la acción penal y pública”.
Esa acción que implica poner el cuerpo y la conciencia en la línea delgada que separa el derecho de la injusticia.
«Nosotros estamos defendiendo intereses estatales y de esas personas que han sufrido una vulneración de sus derechos por la agresión de otros. Creo que yo fui, o soy, la cara pública de ese grupo de mujeres, pero sin duda represento a todas ellas”.
Daysi Ramírez Naranjo sigue hablando, y sus palabras son el testimonio de una vida entregada a la justicia, a la defensa de los demás, a esa idea casi quijotesca de que el mundo puede ser mejor si alguien se encarga de poner orden en el caos. «La Fiscalía ha sido mi vida. Podré seguir siendo la jefa o no, me podrán dar otras tareas, pero sí, hasta el final en la fiscalía».
Y en esa afirmación, tan sencilla y tan rotunda, está toda la grandeza de esta mujer. Lo suyo no es solo un oficio: es vocación, compromiso y faro que sigue encendido en medio de las tormentas.
Ana Cristina Rodríguez/ periódico Girón
