Lilian Padrón, voluntad de vibrátil cuerpo viviente
Hace solo unos días, detrás de análisis, debates y sustentaciones danzológicas, se le concedía uno de los premios Villanueva de Crítica 2025 a Eclipse, unipersonal interpretado y coreografiado por Lilian Padrón.
La también fundadora y directora de la matancera compañía Danza Espiral, configuró una pieza donde imagen audiovisual, sonoridad y su presencia dialogan en fina urdimbre.
Propuesta donde todo se ajusta y concuerda, cual eficiente mecanismo de relojería. Nada es ajeno, nada sobra, ningún elemento rebasa su cuota de precisión, de lo justo y necesario para “relatar” el acontecimiento.
Para quienes hemos acompañado la extensa y permanente obra creativa de Lilian Padrón por casi cuarenta años, sabemos de su exquisito gusto musical y de sus habilidades para tramar el plano sonoro de sus piezas.
Asimismo, reconocemos los modos de trenzar el matiz poético de las ideas, las heredades literarias, artísticas cubanas y universales con trozos de nuestras realidades inmediatas; aquellas que obsesionan el componente propiamente dancístico que emerge de lo cotidiano, lo ilusorio y hasta costumbrista.
Nótese que, aun siendo Shakespeare, Piñera, o Carpentier el motivo, aun componiendo para otros cuerpos grupales e individuales, o para ella misma; yéndose a Bola de Nieve o a Stravinski, en las obras de Padrón creería que su ser danzante se afianza desde una subjetividad particularísima, como suerte situada en la “reflexividad del yo”.
Aun no estando ella, aun hablando de otros universos, incluso, como ocurre en Eclipse, donde la artista pone su cuerpo/carne en función interpretativa y compositiva de una historia ajena, la dimensión significante de los elementos que integran el acto, me remiten a una Lilita auto-narrada en primerísima persona.

Quizás en nuestra expectativa observante, tras la búsqueda de conexiones, identidades, sondeo sobre los lenguajes, sobre los recursos expresivos y procedimientos coreográficos, la poética de Padrón siente articularse de manera recurrente en un corpus de danza que aparenta construir (sea o no) un efecto cuasi autobiográfico.
Tal vez, porque en ese mismo corpus, los preceptos habituales que suele manejar la ficción (lo construido e inventado) y la realidad (experiencia, vivencia) se enmarañan e intercalan entre los planos y niveles dramatúrgico de su juego escénico.
En Eclipse, por ejemplo, el recorrido temático atañe al recuerdo, a la evocación, el “esto ha sido” (las imágenes gráficas y sugerentes del video, la remembranza dada por el tratamiento del color, la difuminación de los contornos, etc.), también deviene dispositivo, procedimiento constructivo que organiza la gestualidad, los desplazamientos, la concentración movimental y el modo global de la puesta en acción de la bailarina, en sus tránsitos de la presencia/ausencia, al pasado/presente, del remolino a la quietud latente en la ficción y la realidad.
Aquí, donde la composición musical y material audiovisual de la cubana Reina Portuondo y los insumos que ella le propiciara a Lilita para configurar la pieza, más allá de la absorción transpositiva que la danza pudo hacer de “lo demás”, emerge el socorrido “efecto de verdad de lo narrado” del que tanto argumentara Roland Barthes.
El colega Yuris Nórido anotaba que Eclipse transcurre sin fisuras ni puntos muertos, en un maridaje expresivo que recrea emociones, es una sensibilidad ajena a cualquier imposición estilística.
Y sí, a lo mejor por ello insisto en querer ver que el acontecimiento encarnado por Lilian Padrón, nació de ella de punta a cabo, no puedo desprenderme de leerla en su transcurso vivendi, en la bondad que la habita, en su ser centro y afluente; no puedo dejar de sentipensarla en su presente, hoy al día.
Donde, ni la sospecha de que fuera la complicidad con las historias contadas y la partitura tan propia que ofreciera la Portuondo desde su asentamiento y producción creativa en París, por más de tres décadas. Lograron ambas creadoras una simbiosis cuasi unívoca, de donde se desprende la convergencia.

Por su parte, para Roberto Pérez León, Eclipse es el rescate de una devoradora sentencia poética: la danza se sostiene en la pérdida, en el archivo de una memoria, en emociones fugaces, en el despojamiento de lo extrañeza y lo súbito, en la intención y el convencimiento sin mixtificaciones.
Y sí, a lo mejor se nos antoja advertir que la obra se sostiene en una corporeidad atravesada por discursos e ideologías, por obsesiones y ensueños; pues aquello presuntamente personal de las motivaciones, se torna colectivo, haciendo que la realidad de nuestros cuerpos, de nuestras historias personales y de la historia oficial se tamiza por la interpretación, así como de la re-presentación que se les dé en el presente de su presencia escénica.
Con Eclipse, el viajar en tiempos que no existen (diatriba ficción/realidad espectacular) hace que el tiempo más significativo sea el aquí y ahora, lo que se hace en él, en la durabilidad de su temporalidad y espacio; razón suficiente para interpelar lo bailante de la presencia y la indiscutible identidad de la danza para hablar de cuerpos reales, virtuales, imaginados y hasta imposibles.
“Mi cuerpo es sagrado. Mi pensamiento, mi espíritu son sagrados. El cuerpo es la expresión visual del pensamiento, del espíritu. El cuerpo hace posible la danza. El cuerpo en sí mismo es danza, la danza es el cuerpo”, me decía Lilian Padrón. Credo que envuelve su obra y su ser de vibrátil cuerpo viviente; fe, afirmación, dogma que hace de la creadora matancera, porfía que jamás se rinde, teniendo “la voluntad” como palabra preferida, mientras que la danza, es vida.
- Noel Bonilla/Cuba escena/Fotos © Cubaescena
