29 de noviembre de 2025

Radio 26 – Matanzas, Cuba

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Geopolítica en jaque: entre pactos, amenazas y contradicciones

Ucrania, y Europa en su conjunto, deben comenzar a tomar decisiones soberanas, sin actuar como peones de intereses ajenos al continente
geopol{itica

Ilustraci{on tomada de Internet

En un nuevo capítulo del ajedrez geopolítico europeo, el presidente ruso, Vladímir Putin, ha propuesto un pacto de no agresión a Europa, calificando de “disparate” las acusaciones de que Rusia planea atacar al continente. Sin embargo, las tensiones que persisten desde la invasión a Ucrania en febrero de 2022 hacen que estas declaraciones sean recibidas con escepticismo.
La guerra no solo ha dejado una estela de destrucción, sino que ha reconfigurado el mapa de alianzas y temores en Europa del Este.
Para comprender este escenario es imprescindible mirar más allá de la superficie y reconocer los errores de ambos bandos. Por un lado, el avance constante de la OTAN hacia las fronteras rusas ha sido percibido por Moscú como una amenaza directa a su seguridad. Esta percepción no es nueva y ha sido alimentada por décadas de desconfianza mutua.
Pero, por otro lado, las acciones de Rusia —incluida la anexión de Crimea y la agresión a Ucrania— han generado un efecto contrario al deseado: han empujado a países tradicionalmente neutrales como Finlandia y Suecia a buscar refugio bajo el paraguas de la Alianza Atlántica.
La narrativa rusa de proteger a las poblaciones rusoparlantes y “desnazificar” Ucrania se presenta como una bandera de autodeterminación de los pueblos. Sin embargo, esta postura se vuelve paradójica cuando se observa el abandono histórico de las comunidades rusas marginadas en Estonia, Letonia y Lituania, muchas de las cuales siguen siendo apátridas desde la disolución de la Unión Soviética. ¿Por qué no se ha hecho nada por ellas, si el discurso oficial es el de la protección de los suyos?
Desde el otro lado del tablero las potencias occidentales tampoco están exentas de responsabilidad. Estados Unidos, en nombre de la democracia y la libertad, ha alentado a los países del este europeo a participar en ejercicios militares que solo han incrementado la tensión. Además, rechazó la posibilidad de integrar a Rusia en la OTAN a principios de los 2000 y no disolvió la organización tras la caída del bloque soviético, cuando su razón de ser parecía haber desaparecido.
En el caso ucraniano, Washington ha jugado un papel ambiguo: mientras alienta la resistencia contra Rusia, también ha aprovechado la situación para endeudar al país y negociar con Moscú a espaldas de Kiev.
En definitiva, nadie en este tablero está libre de culpa. Las grandes potencias juegan sus cartas con frialdad estratégica, pero quienes pagan el precio son los pueblos atrapados en medio de estas maniobras. Ucrania, y Europa en su conjunto, deben comenzar a tomar decisiones soberanas, sin actuar como peones de intereses ajenos al continente. Solo así podrán aspirar a una paz duradera y a una política exterior verdaderamente autónoma.

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