No se trata solo de la amenaza de una intervención directa —que ha sido negada oficialmente—, sino del mensaje implícito que envía la concentración de poderío bélico en una región históricamente intervenida.
La historia enseña que los movimientos militares en el Caribe rara vez han sido inocuos. Desde la ocupación de países vecinos hasta la crisis de los misiles, la región ha sido utilizada como tablero de ajedrez por intereses externos. Cada despliegue, cada buque, cada declaración altisonante, se inscribe en una lógica que prioriza la dominación sobre el diálogo, la imposición sobre la cooperación. Y aunque los tiempos cambien, las formas de presión se adaptan, pero no desaparecen.
La operación en Venezuela, más allá de sus implicaciones internas, ha sido utilizada como justificación para extender una presencia militar que inevitablemente afecta a los países vecinos. La narrativa de lucha contra el narcotráfico o la defensa de la democracia ha sido empleada antes y muchas veces ha servido de pretexto para acciones que poco tienen que ver con los intereses de los pueblos latinoamericanos. La soberanía, ese principio tantas veces invocado y tantas veces vulnerado, vuelve a estar en juego.
En este escenario, la respuesta no puede ser el silencio ni la resignación. La región ha demostrado, una y otra vez, su capacidad de resistencia, su vocación de paz y su derecho a decidir su propio destino. Frente a las maniobras de fuerza, se alza la dignidad de quienes han elegido un camino distinto, con sus aciertos y errores, pero con la convicción de que la autodeterminación no se negocia.
El Caribe no es un vacío estratégico ni un espacio a llenar con buques y amenazas. Es una comunidad de naciones con historia, cultura y voluntad. Y aunque los vientos soplen con fuerza desde el norte, hay raíces profundas que sostienen la esperanza de un futuro distinto, donde el respeto mutuo sustituya a la intimidación y donde la paz no dependa del calibre de los cañones, sino de la fuerza de los principios.