Las ciudades devienen rostro del lugar donde vivimos

La ciudad es más que el entramado arquitectónico de grandes dimensiones en el que confluyen habitantes diversos, más que la expresión cosmopolita de la cultura y el sitio donde muchos establecen sus sueños y aspiraciones de progresar en la vida.

Con el paso del tiempo las ciudades adquieren un olor característico, un ritmo particular, una identidad única asentada en el espíritu de sus fundadores y de la gente que la vive. También adoptan sus vicios y problemáticas, sus dolores y heridas.

Y es que las ciudades, al final, se transforman en parte de lo que somos, una extensión de nuestro cuerpo en perfecta armonía con nuestra alma. Usualmente cuando se habla de ciudades patrimoniales, los principales servicios gastronómicos, comerciales y culturales se agrupan en los espacios públicos.

Generalmente, la ausencia o deficiencia de oportunos planes de ordenamiento de los centros históricos urbanos provocan que las actividades comerciales extendidas a sus espacios públicos representen gran agresión a los valores patrimoniales.

Desde la Dirección provincial de Cultura se estableció una estrategia de trabajo para, con el talento local y nacional, brindar a la población opciones recreativas de calidad aprovechando al máximo las nuevas características de las áreas comunes matanceras.

Pero no es esta la única entidad que participa en dicho proceso. Desde las diferentes instituciones, con aciertos y errores, las experiencias han sido diversas, complejas y polémicas.

Somos testigos de cómo la gestión del área patrimonial de Matanzas ha sido incorrecta, en lo que respecta al menos a las propuestas pseudoculturales que allí han tenido lugar en diferentes momentos.

Y es que, ante la proliferación de las bocinas itinerantes de particulares, instituciones y empresas y la inexistencia de una adecuada y controlada estrategia de reanimación, poco se disfrutan ejemplos de la verdadera cultura.

Para la correcta gestión cultural de una ciudad patrimonial como Matanzas es imprescindible llevar a la práctica varias exigencias: una coordinada interrelación entre los organismos e instituciones que deben regular y controlar las ofertas culturales, gastronómicas y de servicios; el predominio de un mismo concepto de reanimación cultural entre dichos factores y una adecuada organización de las programaciones artísticas, tanto en las sedes de las agrupaciones como en las áreas de uso común.

Esta no es solo una problemática que compete a las oficinas de Patrimonio, del Conservador y las direcciones de Cultura. Todos los organismos y autoridades tienen que imponer orden para que Matanzas de verdad luzca todo el esplendor que le devolvió el 325.

Para comprender a nuestras ciudades basta asomarse a la ventana de sus calles, emplazamientos urbanos y accidentes geográficos. Desde allí reconoceremos cada uno de sus síntomas, las huellas dejadas por la historia y los hombres en su piel.

Los espacios públicos devienen rostro del lugar donde vivimos. Su buen uso y preservación desafía a los matanceros en tiempos de turismo cultural y mediocridad disfrazada de arte.

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