Desde Matanzas, somos cultura (+ audios)

 

 

Cuando pensamos en qué es un trabajador de la Cultura, seguramente no faltan en la lista músicos, actores, bailarines, escritores, artistas visuales… Todos ellos son protagonistas de los procesos creativos que a diario marcan el desarrollo del arte, en su concepción más amplia.

Pero existen otros trabajadores y profesionales de exquisita sensibilidad que nunca se muestran en el escenario frente al público, ni aparecen en las portadas de las publicaciones, aunque siempre están allí y su obra resulte igual de imprescindible para que el producto final, la Cultura en cualquiera de sus manifestaciones, llegue a los destinatarios.

En el acto de crear libros, más allá del contenido que alberguen o del sentido de sus diseños, existe una magia inexplicable que envuelve a los lectores y llena de sentimientos el objeto que hojea entre sus manos, una especie de lazo que los ata, sin conocerse, a las personas que se convierten en testigos y cómplices de los sueños de quienes dan a luz un texto.

 

Desde su anónimo trabajo marcan, doblan, pegan y presillan. Laboran arduamente. Trabajan casi al unísono, un mismo palpitar conduce sus manos: el deseo de regalar un producto que roce con la perfección.

Escritores, ilustradores, diseñadores, editores, encuadernadores, desnudan sus pasiones en forma de versos, destapan sensaciones, dudas y conocimientos en depuradas prosas, destierran de sí tentaciones y miedos en imágenes convertidas en rimas consonantes.

El músico sube al escenario, toca y para la mayoría da comienzo el concierto. Pero en realidad, hasta que eso ocurre fue necesario un trabajo cuya principal recompensa es que todo salga sin problemas, que nadie se queje de nada, arriba y abajo de la tarima.

El bailarín se entrega a la danza. Los actores se visten con la piel de sus personajes. El mago con sus trucos hace vibrar al público. Todo ha sido impecable; su destreza, perfeccionada a fuerza de práctica, la ejecución y los movimientos exactos.

Las luces y sombras, el sonido, el vestuario, el maquillaje, todo nos remite a un momento, nos envuelve en una emoción, nos lanza una mirada desafiante, nos regala instantes de disfrute pleno. Detrás del escenario trabajan otros artistas.

Tramoyistas, utileros, luminotécnicos, sonidistas, acomodadoras, diseñadores escenográficos, taquilleros, maquillistas, coreógrafos, productores, promotores son algunos de los perfiles que hacen posible que asistir a un espectáculo se convierta en algo inolvidable para el espectador.

Lo hermoso está en el ojo de quien ve. Es por ello que existen artistas que pueden ser incomprendidos a veces, pero indudablemente para todo se debe contar con talento.

Curadores, fotógrafos, pintores, escultores, restauradores de obras de arte, museógrafos tienen en sus manos toda la subjetividad que suele acompañar conceptos como la belleza.

Muchos de estos profesionales o trabajadores son personas que sienten pasión por las bellas artes y se preparan o tienen un talento innato para crear o convertir una muestra visual en una experiencia de disfrute.

Investigadores, historiadores, asesores, realizadores de sonido, bibliotecarios, arquitectos, entre otras muchas profesiones y oficios forman parte de ese enorme legado cultural que nos trasciende; son ellos mismos protagonistas de lo mejor del arte en Cuba y el mundo.

 

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