Bayamo: Un averno de patriotismo

Dormitaba la luna sobre el estrellado firmamento aquella inusual noche de enero. Solo la suavidad de la brisa, amenizada por grillos en serenata, desafiaba la quietud imperante sobre la ciudad. Y mientras la penumbra engullía cada resquicio de luz, un manto de incertidumbre cubría las silenciosas calles, incapaces de advertir el entonces funesto destino que el alba les deparaba.

Nacida en 1513, Bayamo, la segunda villa de Cuba, presumía el ser uno de los más reconocidos epicentros políticos de la Isla, con un significativo apogeo económico y cultural, representado por sus altas fundiciones de oro e ingente desarrollo en la ganadería y el comercio de rescate y contrabando, así como por el auge de ilustres poetas, músicos, oradores y demás figuras de insigne trayectoria artística y aportes a la cultura nacional.

Sin embargo, los anhelos libertarios de una nación harta de sucumbir al yugo colonial, hicieron del último trimestre de 1868 toda una odisea revolucionaria para Cuba y, en especial para esta urbe, devenida capital pionera de la República en Armas, cuna del Himno Nacional y núcleo principal de la lucha insurrecta.

Pero el haber escamoteado a las tropas españolas el control de una de sus más importantes localidades, carcomía el orgullo de una metrópoli represiva y vengativa, que no dudó ni un segundo en arreciar su batalla contra quienes amenzaban la sostenibilidad de su hegemonía. Fue entonces cuando recurrieron a las tretas del conde de Balmaseda, Blas Villate y su pertrechada escolta para mellar la revuelta independentista y recuperar el poder sobre el oriental poblado.

La superioridad militar de los ibéricos no intimidaba a las fuerzas mambisas de Donato Mármol que, bajo instrucciones de Carlos Manuel de Céspedes, acudían a inmovilizar al tiránico opresor. Desafortunadamente, la cruenta preponderancia de Balmaseda y su séquito fue mayor y su llegada a Bayamo era inminente.

Pero los bayameses, conscientes del infortunio que les perseguía y renuentes a doblegarse otra vez ante el régimen colonial, prendieron las antorchas y ofrendaron sus hogares al fuego. Despertó sobresaltada la Luna con aquella refulgente llamarada de inmuebles calcinados, reminiscencias olvidadas en la humareda y los gritos de quienes dolidos y nostálgicos, pero valientes, huyeron a las fauces de lo desconocido mientras las brasas consumían a su querida ciudad por tres incesantes jornadas.

La decepción se apoderó de las tropas españolas al hallar reducida a cenizas la ciudad que intentaron someter. Aunque mucho lloró la luna sobre las laceradas calles del poblado bayamés y más aún tardó este en reponer el esplendor de su arquitectura, regresó el suave susurro nocturno y la crepuscular serenata de grillos y la historia glorificó el denuedo de quienes prefirieron incendiar su ciudad antes de entregarla a la fuerza enemiga, porque cada 12 de enero confluyen el ayer, el hoy y el mañana y aún arde en Bayamo, ferviente, un averno de patriotismo.

 

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