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La muerte del líder

La muerte de José Martí el 19 de mayo de 1895 fue, sin duda alguna, una tragedia para la Revolución del 95: Al caer de su cabalgadura, abatido por las balas enemigas, se perdió al líder indiscutible de las emigraciones cubanas organizadas en el Partido Revolucionario Cubano, al que supo ganarse la confianza de los patriotas residentes en la Isla.

Fue aquella una pérdida irreparable, justamente en los inicios de la contienda por la independencia, cuando, en su condición de Delegado del PRC se aprestaba, junto a Máximo Gómez, a pasar a Camagüey y allí formar la dirección de la revolución dentro de  Cuba hasta la expulsión de la metrópoli española. El proceso hacia la independencia y la república nueva para contribuir al equilibrio del mundo ya estaba en marcha y ganaba fuerza por días, mas era imprescindible darle forma, organizarla desde la marcha bélica.

Tales elevados y complejos objetivos que traspasaban los marcos de nuestras costas requerían de su presencia, de su capacidad unificadora y de su razonar sensato y brillante, avalados por la proeza de juntar a las  emigraciones, las que seguían su  liderazgo desde el PRC, y por haber sabido  involucrar a una amplia mayoría de los principales jefes militares de la  Guerra de los Diez Años.

La intelectualidad hispanoamericana que lo había leído y que, en más de un caso, había tenido contacto personal o por correspondencia con él, tendió a objetar su presencia en el campo de batalla por no considerarlo un hombre de armas. Tal estimativa ha permanecido en pie hasta nuestros días y no son pocas las personas que se preguntan por qué Martí se empeñó en participar en aquel fatídico encuentro de Dos Ríos. Tal tipo de preocupación parece asentarse en opiniones sustentadas en bases falsas tales como que él no sabía montar a caballo o que tampoco tenía conocimiento del uso de las armas de fuego.  Sin embargo, la peor explicación, por ser la más disparatada, es la que se sigue repitiendo, que el Maestro buscó la muerte a conciencia, que se suicidó.  Solo quien no haya comprendido el carácter y la personalidad martiana puede afirmar semejante opinión.

Todos los que trataron a Martí desde mucho antes han reiterado, por una parte, que aún en los momentos más difíciles de los trajines patrióticos no se dejó aplastar por las dificultades. Basta con apreciar su reacción ante el desastre de Fernandina, cuando, con toda probabilidad a causa de una traición, las autoridades estadounidenses decomisaron las armas y los tres barcos que debían traer a los jefes militares y los pertrechos de guerra a Cuba para apoyar el alzamiento en diversos puntos de la Isla, según los planes trazados de conjunto entre Máximo Gómez y Martí.  Sabemos que ello hizo imposible la guerra “rápida como el rayo”, al decir de Martí.

Enrique Collazo, quien por esos días se hallaba junto al Delegado del PRC en nombre del General en Jefe, narró la reacción martiana ante aquel suceso que lo echó todo por tierra. Luego de un primer y muy lógico momento de desesperación, en que Martí repitió que él no era responsable por lo sucedido, ese mismo día se recuperó y comenzó a idear planes y a tomar decisiones para ponerlos en práctica a fin de continuar en los preparativos insurreccionales. Sus principales allegados en las emigraciones y hasta los conspiradores en la Isla quedaron sorprendidos ante la magnitud del esfuerzo organizativo desplegado con absoluta discreción por el Delegado y con entusiasmo renovado continuaron con los preparativos bélicos. Así, pues, el prestigio de Martí quedó aumentado en aquel triste momento que obligó a ajustar los planes acordados.

¿Cómo, entonces, pensar que Martí era hombre de dejarse aplastar por las dificultades, que iba a entregar tontamente su vida, tan necesaria ya en Cuba, en aquellos momentos iniciales de aquella, su guerra, preparada por él detalle por detalle, con cuidado exquisito?  Él sabía perfectamente que junto a los encuentros armados había que establecer cómo se iba a dirigir esa pelea, los modos en que los patriotas en armas se organizarían, sobre todo cuando en el encuentro con Maceo en la finca La Mejorana este había discrepado de la opinión suya y de Gómez.

Martí fue siempre un estudioso de la Guerra de los Diez Años. Durante su estancia en Guatemala, en pleno conflicto aún en Cuba, preparó numerosos apuntes para una historia de aquella epopeya. Y basta con leer sus discursos en Nueva York en los aniversarios del 10 de Octubre, junto a sus abundantes escritos en el periódico Patria para comprender cuánto estudió aquella guerra a fin de explicarse su fracaso y evitar los errores que condujeron a ello. Esa fue la razón fundamental de su presencia en Cuba a partir de abril de 1895, presencia de cuya necesidad había convencido a Gómez, quien al principio era partidario de que Martí quedara en Nueva York al frente del PRC y organizando el apoyo a los combatientes en Cuba.

No hay elemento real alguno que permita afirmar que Martí se aprestaba a salir de Cuba. Ningún historiador serio que haya estudiado los últimos días martianos ha podido afirmar semejante dislate. Registrar las páginas de su diario y sus cartas de entonces, al igual que el diario del General en Jefe demuestra absolutamente lo contrario. ¿Acaso podía ser un suicida quien el día antes de su muerte había iniciado una carta a su amigo mexicano Manuel Mercado en la cual revelaba con claridad total los hondos objetivos históricos y geopolíticos que le animaban? ¿Quién tenía semejantes planes podía tener la absurda y cobarde vocación  de regalar su vida? ¿Fue tan irresponsable Martí que condujo conscientemente a la muerte a Ángel de la Guardia, su joven acompañante aquel 19 de mayo?

La vida entera del Maestro, sobre todo desde que se convirtió en el organizador de la Revolución del 95, es un mentís a semejante apreciación. Él debía llegar a Camagüey para crear el aparato de conducción político-militar de aquella lucha. ¿Podía rehuir semejante responsabilidad?

¿Acaso él iba a entregar su vida cambio de nada, él que momentos antes de los primeros disparos había hablado a aquella tropa y le había levantado el fervor patriótico? ¿Y por qué iba a regalarla? ¿Cuáles razones podían conducirlo a ello?

Por otro lado, es comprensible que Martí insistiera en participar del combate.  Además de la vieja idea de quien quiso venir a la Guerra de los Diez Años en una fracasada expedición desde México y de que como figura principal de los preparativos para la Guerra Chiquita, hasta que fue apresado y deportado por segunda vez a España, lo cual le impidió alzarse en armas, Martí tenía que demostrarle a aquella tropa mambisa que lo había aplaudido con fervor momentos antes que él no era un capitán araña que llamaba a otros al combate mientras él se resguardaba en el campamento.

En las guerras de Cuba los jefes siempre marcharon al frente de sus tropas y por ello tantos murieron en combate. ¿Martí, el Delegado, recién designado días atrás mayor general por el General en Jefe, iba a quedar ajeno a su primera posibilidad de combatir frente al enemigo? Ello hubiera sido una irresponsabilidad y muchos podrían haberlo considerado hasta una cobardía. Y Martí no era de esa raza ni iba a permitir que otros lo pensaran. Su honor personal, su sentido del deber por haber convocado a la guerra, su deuda desde 1868, su responsabilidad por el liderazgo que ostentaba y se le reconocía dadas sus funciones, le llevaron a tomar la decisión de participar en aquella pelea, a tener su bautismo de fuego, tristemente el primero y el último.

Ciertamente lo perdimos en un  momento en que era imprescindible, mas preguntémonos si quien tuviera  semejante altura moral y sentido del deber podía haber tomado otra decisión.

En la hermosa historia cubana por la patria libre y soberana los líderes siempre han combatido al frente de su pueblo. Los de entonces así lo hicieron; quienes les han continuado desde el siglo XX han repetido esa conducta. Ser líder en Cuba significa correr todos los riesgos, hasta los de la guerra por la patria. Y esa es, sin  duda, una tradición martiana.

En Video, «Dos Ríos: El enigma»

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