El tiempo compartido: No se pierde, se multiplica
En el murmullo diario de Matanzas, entre el vaivén de las bici-taxi y el bullicio del mercado, hay un tema que nos atraviesa a todos: el tiempo. Ese recurso que parece escurrirse entre los dedos cuando más lo necesitamos. Y es que, en el torbellino de las obligaciones a veces olvidamos que el bien más preciado no está en la bodega, sino en la sala de nuestra casa.
En una isla que enfrenta carencias y desafíos cotidianos, el estrés y la incertidumbre pueden volverse compañeros de asiento. Pero es precisamente en esas grietas de la dificultad donde la familia se convierte en el hormigón que nos sostiene. No se trata de encontrar horas muertas, porque en Cuba casi no existen; se trata de robarle quince minutos al cansancio para preguntarle al hijo cómo le fue en la escuela, de sentarse en el portal a compartir un café sin prisas o de escuchar el relato del abuelo que es memoria viva de esta ciudad.
Apostar por la familia no es un lujo, es una estrategia de resistencia. Es el abrazo que repara el mal día, la risa que quita el polvo de la angustia y el consejo que ilumina el camino. Porque aunque la libreta no alcance para todo, el tiempo que le dedicamos a los nuestros es el único capital que multiplica su valor sin depreciarse. En Matanzas, ciudad de puentes y ríos, debemos tender ese puente hacia adentro, hacia el hogar, porque de ahí sale la fuerza para cruzar cualquier temporal.
Así que ya saben, organicen la agenda, prioricen lo que verdaderamente perdura, que el próximo domingo no nos pille haciendo cola para la compra, sino compartiendo la mesa. Porque el tiempo perdido no se recupera, pero el tiempo compartido se multiplica.
