29 de mayo de 2024

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Francois Antommarchi y Cuba, el último médico de Napoleón

Es común encontrar que grandes personalidades de la historia se han hecho acompañar de un médico de cabecera. Tal hábito refleja el interés por parte de la personalidad o sus allegados de proteger la vida.

Ser una figura pública significa estar en el centro de atención de las masas, en algunos casos por admiración, en otros por rechazo. Ello justifica la presencia de un galeno, para atender cualquier dolencia o intento de acabar con la vida.

Napoleón Bonaparte no fue la excepción y durante su trayectoria militar se hizo acompañar de varios médicos. Pero uno en especial lo vincula con nuestro país.

Antommarchi, el médico de Napoleón

Francois Antommarchi fue un cirujano francés conocido por haber el médico personal de Napoleón Bonaparte durante su reclusión en la isla Santa Elena.

Antommarchi vino al mundo el 5 de julio de 1780 en el seno de una familia modesta. Al igual que Napoleón, nace en la isla de Córcega, al sur de Francia, aunque 11 años después.

Siguiendo los convencionalismos de la época, desde temprana edad se trasladó hacia Italia, doctorándose en filosofía y medicina en la Universidad de Pisa en 1808 y de cirujano en la de Florencia en 1812.

Una vez graduado trabajó bajo las órdenes del eminente médico italiano Paolo Mascagni. Posteriormente, retorna a Córcega, con la intención de ejercer la medicina en su tierra natal, pero va a permanecer allí poco tiempo, pues en 1814 se traslada a París para continuar su formación médica.

Esta estancia en la capital francesa será trascendental para el resto de su vida. En París conoce al Dr. Jean-Nicolas Corvisart, médico personal del mismísimo emperador Napoleón Bonaparte.

Para esa fecha, Antommarchi ya es uno de los más importantes cirujanos y anatomistas de su época, autor de dos atlas anatómicos y de varios estudios médicos sobre enfermedades tropicales, y otros referidos a los vasos linfáticos y los cadáveres de los ejecutados.

La relación con Corvisart y su amplio currículo le valió el nombramiento de médico en la nómina del ejército imperial francés. Acompañó a Napoleón en la batalla de Waterloo en 1815, donde este fue derrotado, y posteriormente, recluido en la isla Santa Elena.

Antommarchi y Napoleón

Derrotado y abatido, Napoleón se volvió irascible con el séquito que lo acompañó, en especial con su médico Barry Edward O’Meara, al que consideraba inepto y finalmente lo mandó a expulsar de la isla en julio de 1818.

Después de varios meses sin un médico, Antommarchi fue recomendado por la propia madre del emperador y por su tío, el cardenal Joseph Fesh. Después de aceptar, llegó a Santa Elena en septiembre de 1819.

Antomarchi tampoco cumplía las expectativas de Napoleón, quien no confiaba en sus cualidades de médico, como tampoco su entorno ni sus guardianes británicos, quienes lo encontraban poco civilizado y culto. No obstante, el ex emperador francés reconoció su capacidad para diseccionar y le confió la misión de autopsiar sus restos con el ánimo de advertir a su hijo, Napoleón Francisco, duque de Reichstadt, la existencia de una enfermedad estomacal que creía hereditaria.

La voluntad de Napoleón fue cumplida el 5 de mayo de 1821. El médico corso realizó la autopsia sobre una mesa de billar y moldeó su mascarilla mortuoria. Declaró como causa del fallecimiento cáncer de estómago, aunque sostenía la hipótesis de que su deceso era el resultado de un asesinato. Aunque ello se discute, recientes investigaciones apuntan hacia esto.

Testigo relevante de los últimos momentos de una de las figuras más famosas e influyentes del mundo de su tiempo, de vuelta a París y ante los cuestionamientos de la sociedad francesa, publicó en 1825 el libro “Memorias del doctor F. Antomarchi, o los últimos momentos de Napoleón”, testimonio de su vida al lado del emperador. Esta se considera la principal fuente historiográfica de la eterna controversia sobre la causa de la muerte de Bonaparte.

Llegada a Cuba

Cuestionado injustamente por sus contemporáneos por no haber mejorado la salud de Napoleón, peregrinó por varias ciudades de Europa hasta recalar en América. Tras una breve estancia en Veracruz se traslada a mediados de 1837 hacia Santiago de Cuba, seducido por las noticias de la floreciente colonia francesa que allí se había establecido después de la Revolución haitiana.

En ello fue vital la influencia de su primo hermano Antonio Benjamín Antommarchi Chaigneau, dueño de cafetales en la zona de El Cobre y su tía Madame Catalina Chaigneau, propietaria de una academia para jovencitas.

Con una reconocida fama, fue bien acogido por las autoridades militares santiagueras y hospedado en la casa del gobernador, brigadier Juan de Moya Morejón.

En Santiago de Cuba se dedicó a lo que mejor sabía hacer y en poco tiempo ganó fama como galeno en la ciudad. Según varios historiadores, Antommarchi es uno de los iniciadores de la oftalmología en Cuba.

En la indómita plaza realizó la primera operación de cataratas en Cuba y fundó la primera clínica de operaciones oftalmológicas de Santiago.

También se dedicó al estudio de las enfermedades tropicales, en especial la fiebre amarilla, verdadero azote para la región. Soñó con construir un sanatorio para los enfermos.

Según testimonios de la época, se destacó por su generosidad y buen trato hacia los pobres.

En su interacción permanente con los infestados se contagió con la enfermedad a la que intentaba hallarle una cura. Falleció el 3 de abril de 1838 en la indómita ciudad.

Aunque vivió menos de un año en Cuba habitualmente le decía a sus familiares que en Santiago pasó “los momentos más felices de su vida”.

               Máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte en posesión de Francois Antommarchi al morir en Cuba.

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