Las batallas de la generación del centenario de Fidel
En especial, concretó el más importante de los compromisos con el Héroe Nacional José Martí. El Comandante en Jefe fue el eslabón fundamental de esa cadena ideológica, nacionalista y patriótica que se ha mantenido siempre viva y activa, desde el 1ro. de enero de 1959, cuando los barbudos bajaron victoriosos de la Sierra Maestra y con la firme voluntad de enfrentar los ataques de los adversarios.
Inició lo que fue un reto no solamente para los teóricos que insistían en que el socialismo no podía construirse a 90 millas de Estados Unidos. A pesar de ello se pudo empezar esa tarea, gracias a su genialidad política y sus convicciones patrióticas y martianas.
Y lo sostuvo durante más de 30 años continuados hasta que las condiciones internacionales —y no fallas del sistema, más allá de los errores reales que se cometieron en una empresa de tal naturaleza y magnitud—, lo permitieron en medio de un recrudecimiento del bloqueo que se fue convirtiendo en guerra despiadada e inhumana, hasta llegar a las expresiones fascistas y malthusianas de hoy.
El revolucionario nunca está satisfecho con lo que hace y siempre trata de superarse a sí mismo; y así fue siempre Fidel.
Ahora esta generación tiene tareas urgentes, como las tuvo la generación del centenario del Apóstol, que fue la que inició el cambio en Cuba e inspiró al mundo para seguir su ejemplo.
La generación del centenario de Fidel tiene la responsabilidad de salvar en estas horas la Revolución bajo el ideal más preclaro del Comandante en Jefe.
Estamos en un escenario diferente a otros momentos de la Patria, por el hecho de que hay un cambio de época que el imperialismo percibe, y arrecia su oposición porque conoce que no es una simple transformación y que lo que venga, sea lo que sea, será perdurable, porque el mundo ya no se puede dar el lujo de continuar como está.
Es un instante de suma complejidad, y lo sabemos bien. Fidel nos había advertido de esa quimérica matriz yanqui que tiene como objetivo hacer creer que todo se ha perdido y, por tanto, se debe dejar de luchar.
La generación del centenario de Fidel, que no se limita solamente a Cuba, está al pendiente de lo que está sucediendo en el continente a la luz, por ejemplo, de los golpes electorales que la tecnología comunicacional le ha permitido a la derecha perfeccionar como se ha visto en los casos de Argentina con Javier Milei, Ecuador con Daniel Noboa, Perú con Keiko Fujimori, Honduras con Nasry Asfura o, el más reciente, en Colombia con Abelardo de la Espriella.
Es una etapa circunstancial, difícil, dirigida por la misma mano y que no refleja la voluntad de la mayoría, sino el dinero y la posesión de las tecnologías.
En esa coyuntura, América Latina y el Caribe deberían tener más presente que nunca aquella alerta de José Martí hace 130 años: «De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento», y es a lo que convoca hoy el legado de Fidel.
Aunque no pocos eluden términos de la filosofía marxista, como si se trataran de malas palabras, hay en América Latina y el Caribe un fenómeno dialéctico de unidad y lucha que opera en todas partes con la guía moral de Fidel.
Quizá los teóricos revolucionarios se apuraron demasiado al proclamar en la época de Hugo Chávez, Lula, Evo Morales, Ernesto Kirshner y Fidel, un posneoliberalismo todavía muy incipiente que empezaba a dar muestras de vida a la sombra de un socialismo del siglo XXI.
Pero no se equivocaron en su visión de que el neoliberalismo llegaba a su fin (al menos transita por ese camino) y que el cambio de época era la única alternativa a una distopía brutal que se sigue construyendo y desarrollándose en Estados Unidos y Europa para desestimular a gobiernos progresistas y reinstalar naciones patriarcales.
En verdad, en lo que estamos es en una época de cambio muy fuerte, que es un período natural e indispensable para llegar al cambio de época. La 4ta. Transformación de Andrés Manuel López Obrador, y su segundo piso con Claudia Sheinbaum, primera mujer presidenta en un país otrora machista, es un aliciente en ese proceso.
Concluyamos que este es el contexto, difícil pero trascendente, en el que se mueve la generación del centenario de Fidel. Es dura y difícil, pero muy estimulante para librar la batalla.
El caso de Cuba es el ejemplo típico de la tremenda responsabilidad y la tarea histórica que le ha tocado a esta nueva generación. La guerra abusadora y criminal que le está imponiendo el Gobierno de Donald Trump no pasa inadvertida para nadie, ni para los propios yanquis.
Le ha tocado al Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, liderar esta valerosa y resiliente generación que ha dado muestra de tanto heroísmo al soportar un miserable e inhumano bloqueo que solo pueden ordenar aquellos que tienen el cerebro y el alma destruidos por tanta ambiciones, odio, desprecio y prepotencia.
Ningún ser vivo, racional, que tenga las neuronas en su lugar y el corazón en el centro del pecho, sería capaz de actuar como los animales más feroces del planeta.
Con la misma hidalguía e ideales que los asaltantes combatieron hasta las últimas consecuencias el ejército de Batista, atrincherados en los cuarteles Moncada y Céspedes, estos pinos nuevos del siglo XXI batallan por no dejar morir las ideas de Fidel en su centenario.
Ante las graves amenazas militares y económicas de Trump renovando sus apetencias anexionistas, retumban en esta nueva hora de los hornos los versos de Bonifacio Byrne que, con tanta emoción y fuerza proclamara Camilo Cienfuegos aquel 26 de octubre de 1959, frente a la terraza norte del Palacio Presidencial en La Habana, en una masiva concentración popular precisamente para rechazar los ataques aéreos y bombardeos procedentes de Estados Unidos:
«Con la fe de las almas austeras/ hoy sostengo con honda energía/ que no deben flotar dos banderas/ donde basta con una: ¡la mía!/ Si deshecha en menudos pedazos/ llega a ser mi bandera algún día. ¡nuestros muertos alzando los brazos/ la sabrán defender todavía!»
Que no lo duden los imperialistas yanquis. Así será, y en este centenario de Fidel el pueblo, parado firme, seguirá sosteniendo una idea: ¡Comandante en Jefe, ordene!
- Luis Manuel Arce Isaac/ periódico Juventud Rebelde

