Donde el otro importa: la fuerza invisible de la solidaridad

Hay fechas que no gritan, pero resuenan. El 31 de agosto es una de ellas. Día Internacional de la Solidaridad: palabras que, en su aparente sobriedad, contienen una promesa civilizatoria.
No se trata de una efeméride decorativa, sino de un recordatorio urgente: en un mundo que se fragmenta por algoritmos, fronteras y discursos de exclusión, la solidaridad sigue siendo el lenguaje más humano que nos queda. No exige pasaporte ni ideología, solo la voluntad de mirar al prójimo sin armadura.
La elección del 31 de agosto como Día Internacional de la Solidaridad Humana responde a una visión estratégica de la ONU, que en 2005 instituyó esta fecha para consagrar la solidaridad como eje ético y operativo de las relaciones internacionales.
Esta jornada reivindica una praxis colectiva capaz de convertir la empatía en política pública, en un escenario global atravesado por brechas estructurales, articulando respuestas frente a la pobreza, el desarrollo desigual y las exclusiones que aún configuran nuestra realidad compartida.
La Real Academia de la Lengua Española reconoce el término solidaridad como la adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. Sin embargo, más allá de su definición lexicográfica, la palabra encierra una densidad ética, histórica y política que ha evolucionado con los tiempos. Actualmente la solidaridad ha dejado de ser una reacción espontánea para convertirse en estrategia de supervivencia colectiva, en principio organizador de comunidades y en fundamento de políticas públicas orientadas al bien común.
En la Mayor de las Antillas, donde las carencias materiales son constantes y las crisis, cíclicas, la solidaridad es más que un valor pues funciona como sistema de supervivencia y la capacidad de compartir, sostener y acompañar define el tejido social. Desde los años más duros del Período Especial hasta los recientes desafíos sanitarios y económicos, la solidaridad ha operado como respuesta espontánea y organizada ante la adversidad.
La cooperación médica internacional, uno de los emblemas más visibles de la solidaridad cubana, ha llevado profesionales de la salud a decenas de países en momentos críticos; pero, más allá de las cifras y los reconocimientos, hay una solidaridad menos visible que sostiene la vida diaria: redes informales de apoyo entre vecinos, iniciativas comunitarias que surgen sin recursos, pero con voluntad, y espacios educativos que se reinventan para incluir a quienes quedan fuera, pues aquí la solidaridad no depende de fondos, sino de vínculos.
Esta cultura del acompañamiento representa también una herramienta de resistencia simbólica. En contextos de aislamiento político y económico, la solidaridad ha permitido construir sentido colectivo, reforzar la identidad y mantener viva la noción de comunidad.
No se trata solo de ayudar, sino de reconocerse en el otro, de entender que la vulnerabilidad es compartida y que la respuesta debe ser común. En ese marco, el Día Internacional de la Solidaridad adquiere en la Isla una dimensión particular: no como celebración, sino como reafirmación de lo que ya se practica.
Precisamente, la medicina constituye una de las profesiones más paradigmáticas en la práctica de la solidaridad. Así lo confirma Evangelina Borges Ibáñez, enfermera del consultorio #7 del municipio de Pedro Betancourt, quien llevó sus conocimientos médicos a otras latitudes como parte de misiones internacionalistas y que, hace tres años, fue merecedora de la Cofia de Oro, la mayor distinción para quienes ejercen esta altruista labor.
Similar significado reviste la docencia, donde el acto de enseñar se convierte en ejercicio de entrega y construcción compartida. Al respecto, Dayamí Hernández Molina, maestra de la institución educativa de nivel primario Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, en el municipio de Cárdenas, sostuvo que educar es sembrar vínculos, no solo conocimientos y refirió lo que para ella, representa la solidaridad.
Desde Pedro Betancourt, el historiador Julián Rogelio Álvarez López nos comparte que, a su entender, la solidaridad ha sido una constante en la historia cubana, tejida en cada episodio de lucha, resistencia y construcción colectiva. Para él, este valor no se limita a lo simbólico ni a lo institucional: es el acto genuino de apoyar al prójimo sin esperar nada a cambio. Una entrega desinteresada que ha marcado el pulso de nuestra identidad como nación.
Por su parte, Ileana Salgado León, profesora de la Filial Universitaria Municipal, nos invita a mirar la solidaridad desde la cotidianidad pedagógica. En su experiencia, este valor se manifiesta como empatía activa: la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de escuchar, acompañar y respetar las diferencias.
Sin dudas, la solidaridad, cuando se encarna como empatía sincera y entrega sin cálculo, deja de ser consigna para convertirse en gesto cotidiano. En nuestro entorno, en la escuela, en el barrio, en los vínculos que tejemos día a día, se revela como una forma de estar con el otro, de sostener sin invadir, de acompañar sin imponer. Es ahí, en lo pequeño, donde este valor cobra sentido.
Quizás lo más urgente no sea celebrarla, sino practicarla con humildad. Que este 31 de agosto nos sirva para mirar alrededor y reconocer esos gestos silenciosos que sostienen la vida: la mano que ayuda sin preguntar, la palabra que consuela sin juzgar, el tiempo que se ofrece sin esperar retorno. Porque en ese ejercicio cotidiano, imperfecto, pero genuino, la solidaridad es apenas la semilla; lo que brota, si la cuidamos, es la comunidad como jardín compartido.