Crónicas de la emigración: Danza con tiburones (III)
A veces siente el agua subiendo por sus piernas. En otras ocasiones le magullan las rodillas y el dolor se hace insoportable hasta gritar despierto. La cara se le congestiona, una expresión de horror asalta sus facciones. Jamás esgrime una lágrima delante de nadie, pero llora como un niño en el baño. Shirley, su esposa, insiste en que vea a
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