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Sunday 21 January 2018
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Reminiscencias de un teatro

La primavera ya adorna la ciudad. Una fina lluvia cae por ratos y humedece las polvorientas calles matanceras. Donde había ciénaga hoy hay firmeza, cimentada por 514 pilotes de júcaro, cuyos espacios de separación se rellenaron con piedras enormes. Sobre esa solidez se levantó el templo.

Desde por la mañana hay una algarabía inusual en la plaza. Cuando cae la noche la Vigía se ve iluminada por decenas de luces de gas que descubren la causa de la celebración. En el centro de la Plaza de la Vigía aparece majestuoso el teatro Esteban, tan reclamado por los lugareños. Volantas y carruajes dejan su carga humana en los portales del coliseo. Es 6 de abril de 1863. Matanzas abre los brazos para recibir amorosa uno de los baluartes de su identidad.

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Amo este lugar, forma parte de mi vida. Entre sus paredes están encerrados los recuerdos de tres generaciones familiares: los de mi madre, los míos propios y los de mi hijo. Sauto siempre fue el primer lugar del mundo adonde quise ir.

Llegó a mí por los cuentos novelescos de mi mamá. Había correteado y escudriñado cada rincón con una amiga que vivía con su familia en el propio edificio. Hacía cuentos de ríos subterráneos y espíritus benignos que habitaban el lugar; de fiestas y bailes, cuando la platea subía al nivel del escenario. Todo eso prendió vertiginosamente en la fantasiosa imaginación de una niña.

Tengo recuerdos imborrables del amado coliseo. La primera vez que traspasé sus puertas fue a una tanda dominical de cine. Entonces no me sorprendió mucho. Pero en 1962, sin haber cumplido los diez años, me llevaron a ver el conjunto de cantos y danzas Mazowsze. Estuve tan deslumbrada toda la velada por el lugar, que no recuerdo casi nada de la función.

Si cierro los ojos, pasan por delante de mí como cuadros de un filme, imágenes inolvidables, en muchas de las cuales está la figura imborrable de Alicia Alonso: en los ensayos de Un retablo para Romeo y Julieta, en los últimos años de la década del 60; en su inigualable Gisselle, en 1976… Y de ese modo, en ballets completos o en fragmentos de otros tantos, así, hasta verla sentada al lado del palco de la prensa, vestida con un túnico color obispo, cuando ya sus pies habían dejado de danzar, presta a recibir un homenaje.

Y corren como estampas vívidas el Lírico y sus zarzuelas; Silvio con la Sinfónica; el Réquiem de Mozart, con la Sinfónica matancera, el Coro Profesional de Matanzas y el del Gran Teatro de La Habana y solistas, bajo la batuta de Elena Herrera y José Antonio Méndez; la Aragón; decenas y decenas de puestas teatrales; conciertos de Frank Fernández; ballets de diversos lugares del mundo…, en fin, años y noches, muchas noches, sentada en el mismo lugar.

Pero lo mejor han sido esos recorridos por pasillos, escaleras escondidas, “messaninis” inesperados y el pararme frente a puertas que jamás he traspasado. Entonces mi imaginación se desbordaba.

Muchas veces, cuando ya el público se había marchado después de algún espectáculo y quedaba rezagada en función del trabajo,  miraba a uno y otro lado al pasar por alguna puerta, desandar un pasillo o bajar escaleras. No puedo dejar de decir que es sobrecogedor, pero no por eso menos adorable.

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¿Cuántas veces habré andado por estos mismos lugares? Y siempre con el mismo sentimiento, mezcla de exaltación, complacencia y paz, mucha paz. Hace años que no hago esto. Hace años que no subo y bajo escaleras, descubro pasillos escondidos y trato de empujar puertas, llenas tal vez de figuras y rastros fantasmales.

Cargo con tanta nostalgia acumulada durante años de puertas cerradas; arañas y cocuyeras apagadas; palcos, grillés y butacas vacíos; silencio y extrañamiento donde una vez reinaron aplausos y ovaciones.

No he venido sola. Casi nunca he venido sola. Para la mayoría de los jóvenes universitarios que me acompañan esta es su primera vez aquí. En unas tres horas han pasado de un estado a otro: curiosidad, misterio, sorpresa, avidez…, pasión. El mismo apasionamiento de un marinero cuando avista tierra, la misma exaltación. Están maravillados. Sé que en cada uno de sus jóvenes corazones quedará para siempre este viejo y amado amasijo de madera que nos hace el honor con el nombre de Sauto.

Cuando se menciona a Matanzas, el caminante y hasta los citadinos, siempre piensan en Milanés –y su alma que aún vaga por la ciudad-; en la botica que en 1882 Triolet y Figueroa abrieran en la segunda Plaza de Armas; y en Sauto. Ellos son el emblema del matancero: la languidez y melancolía del bardo; la fortaleza y firmeza de una farmacia francesa que se resiste a los embates del tiempo; y la doble cruz de arte que identifica la palma de la mano de los matanceros de ley.

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Es primavera otra vez. En el centro de la plaza hay, nuevamente, un ajetreo inusual. El silencio ocupa todos los espacios del viejo teatro, aunque por momentos se escucha algún martillo tratando de doblegar a la madera. El olor a humedad es ahora más fuerte después de tanto tiempo sin abrirse sus puertas, pero ahora se confunde con el de la pintura recién dada. Poco a poco, día tras día, se va pareciendo a aquel de 1863. Hasta la platea sube al nivel del escenario.

Hoy he vuelto a descubrirlo. Sauto tendrá eternamente rincones desconocidos que revelar. Vuelve a ser aquel primer lugar del mundo adonde quise ir. Espero, con ansias, que el 2017 no se despida sin verlo todo iluminado, sonando campanas para iniciar la función, retornando a lo que siempre fue: el viejo guardián de la ciudad, ícono indiscutible de la matanceridad.

(Fotos: Abel López Montes de Oca)

Parte trasera del Teatro Sauto, de Matanzas. Inaugurado el seis de abril de 1863, gracias a los bonos de las familias acaudaladas de la ciudad. De estilo neoclásico, diseñado por el arquitecto italiano Daniel D´Allaglio, es declarado Monumento Nacional el 10 de octubre de 1978. Único teatro en Cuba que mantiene todas sus características neoclásicas.

Actualmente oficina del director del teatro. En ella se atesora un original donado por el pintor Servando Cabrera Moreno. La pieza es una de las joyas de las artes plásticas cubana.

Pasillo en la primera planta del inmueble. Se le conoce como Salón Verde, pero curiosamente nunca estuvo pintado de verde. Para la reapertura del teatro aquí estarán ubicadas las oficinas administrativas. La cooperativa que trabaja en el coliseo rescató el color original.

Salón de descanso para los artistas en los entreactos de los espectáculos. Desde el pasillo puede admirarse la bahía de Matanzas. Está ubicado en la zona oeste trasera, a la entrada del escenario.

Vista desde el escenario del Teatro Sauto. En la zona delantera se encuentra el foso de la orquesta. El foso no existía cuando se inauguró el inmueble. A medida que evolucionaron las obras teatrales requerían una orquesta que no ocupara espacio en el escenario. Por indicación de Manuel Duchesne Cuzán, en la reparación anterior se decidió hacer el foso de la orquesta. Para su realización se retiraron dos hileras de butacas.

Vista de las tramoyas con sus pesos incorporados para el manejo de las escenografías. Destaca en la imagen la madera que no permite que escape la voz y ayuda a conservar la acústica. Además, aparecen algunos de los camerinos del ala derecha y los pasillos encima del escenario para tramoyistas.

Otra vista desde el escenario. La estructura interior de Sauto es comparada con una caja de música. Funciona como una caja de resonancia. Más del 74 por ciento del inmueble está conformado de madera. Ello permite que se transmita el sonido. Sauto es mundialmente conocido por su excelente acústica. Importante resaltar que D´Allaglio confeccionó los planos en dos meses.

El arquitecto, pintor y escenógrafo italiano Daniel Dall´Aglio pintó sobre el techo enyesado en forma de bóveda del coliseo matancero las hermosas musas de la mitología griega y lo hizo con una simetría total. El coliseo tiene una simetría bilateral perfecta, de tal modo que una persona de pie frente al escenario descubrirá que todo lo que tiene a su derecha corresponde a números pares y, claro está, lo de la izquierda a impares. En ese caso están las lunetas, los palcos, los grillés y los camerinos. Reitero, la simetría es perfecta: todo lo que existe a un lado, se repite en el otro. Tanta fue la simetría que en vez de poner nueve musas en el techo cóncavo del teatro, el diseñador ubicó ocho nada más, cuatro a cada lado. Existen varias teorías que se apoyan en las gacetillas de la prensa de la época, pero conocedores como Raúl Toboso aseguran que no existen nueve trapezoides por la colocación de las ocho lámparas alrededor de la araña central, aunque algunos especialistas coinciden en que en un trapezoide habían dos musas. Y algo curioso: sobre la cubierta abovedada existen los mecanismos que facilitan el descenso de la araña -lámpara central- y de las ocho medio cocuyeras –lámparas más pequeñas, ubicadas alrededor de la central-, hasta el alcance de la mano del hombre. Dos veces al año especialistas del coliseo realizaban la operación para limpiarlas, sustituir bombillos incandescentes o asegurar algún componente.

Pasillo conocido como pasos de gato que en la presente restauración fueron rescatados, en gran medida, con la madera original. Los pasos de gato son el tránsito por donde caminan los trabajadores del coliseo durante los espectáculos. Los escenógrafos y tramoyistas tenían la tradición de pegar en este pasillo los programas de las funciones y los calendarios. Característica que aún se conserva.

Vista general del interior del inmueble. En los siglos XIX e inicios del XX, de acuerdo con las diferencias de clases sociales el público era dividido: en los dos primeros pisos se encuentran los palcos destinados a las familias adineradas; en el tercero la tertulia, para los mestizos y en el último la “cazuela” para la clase más pobre. Para la reapertura del teatro están previstas casi 800 capacidades para los espectadores.

Las 347 lunetas originales del coliseo matancero se fundieron en Nueva York en 1854. De esas sólo se conservan de 15 a 20. Antiguamente el espacio lo conformaban hileras de diez butacas; para preservar el mecanismo de subir la platea se ubicarán hileras de solo seis. Así será más cómoda su transportación para realizar bailes en el salón de la platea.

Detalle de las puertas para mantener rasgos neoclásicos. Actual restauración a cargo de la cooperativa no agropecuaria Matiz.

Detalle de uno de los soportes del palco.

Vista delantera del escenario. Puede apreciarse el telón de boca, reconocido por su color rojo. En Sauto actuaron notables conjuntos y estrellas del arte, tanto nacional como foráneo, entre ellos figuran: José White, Miguel Failde, Gonzalo Roig, Ernesto Lecuona, Rita Montaner, Alicia Alonso, entre otros; y Anna Pávlova, Teresa Carreño, Andrés Segovia, Libertad Lamarque, entre los extranjeros.

Vista de la “cazuela” desde donde se ve una de las musas. En 1967 se realiza la primera restauración capital dirigida por Daniel Taboada, Premio Nacional de Arquitectura, en esas acciones los frescos fueron rescatados por Ángel Bello.

Lobby del Teatro Sauto. En la actual restauración se aprecia el cuidado de las lámparas y del piso de mármol al sustituir algunas baldosas dañadas. En el salón de la entrada se mantienen los espejos originales. El piso del lobby del teatro es de mármol de Carrara, de Italia. Se encuentra en su última fase: pulirlo con cera. A la izquierda se observa el Salón de la Fama, porque en él se exponen las fotos de las grandes figuras que actuaron y se presentaron en el teatro.

Vista delantera del escenario. Debajo de la platea se encuentra el mecanismo para elevarla y convertirla en salón. El proceso necesita de cuatro hombres y demora alrededor de tres horas. Sauto es uno de los pocos teatros en el mundo que mantiene en perfecto estado este mecanismo.

Pasillo lateral del segundo piso. En los pasillos se adicionaron escocias teniendo en cuenta los diseños del siglo XIX para lograr mayor sobriedad.

Nicho para Sauto y su esposa. Ambrosio de la Concepción Sauto y Noda (1807-1880) farmacéutico, ganó el título de Boticario Real de la reina de España. Fue uno de los benefactores que desde los inicios impulsó con sus bonos la construcción del teatro. Es reconocido como el benefactor del coliseo teatral. Compró las sillas de platea, de los palcos y apliques, así como dos grandes espejos, traídos de París. Además, donó dinero para vestuarios, escenografía e instrumentos musicales. Por ello, el palco central perteneció a su familia en agradecimiento a su apoyo. Los restos de Sauto y su esposa actualmente descansan en cofres de cedro. Para la reapertura se ubicarán en estos nichos con placas de mármol conmemorativas.




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