Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí

Hoy se celebra el Día Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado. Una razón marca la fecha: el nacimiento, el 30 de septiembre de 1922, de Jesús Orta Ruiz, el cubano que con esa composición poética llegó a la savia de esta tierra entretejiendo artísticamente el folclor de nuestros campos con el gracejo popular.

El Indio Naborí, como él mismo se hizo llamar desde la temprana edad de 17 años, fue un prolífico poeta e improvisador, de lo más acabado de la espinela y contemporáneo de otro grande del repentismo, su amigo Ángel Valiente.

Fue premiado en vida con la Orden Félix Varela de Primer Grado, la de Héroe del Trabajo de la República de Cuba y el Premio Nacional de Literatura.

El pueblo de Limonar, Matanzas, le rinde homenaje en el Centro Cultural que lleva su nombre, la Casa Naborí que se instituyó el 19 de octubre de 1989.

El proyecto se fundamentaba en la necesidad de encausar, desde una institución rectora, toda la potencialidad de la cultura campesina, que en nuestra provincia presenta peculiar arraigo.

La extensa obra de Jesús Orta Ruiz, reconocida nacional e internacionalmente abarca diferentes géneros literarios desde la poesía, incluyendo la poesía improvisada, el ensayo y el periodismo.

Sus poemas nos ofrecen la paradójica visión de un poeta ciego que, con sinestesias mágicas, el sexto sentido de su espíritu, el sueño, el recuerdo y un creacionismo de pequeño dios, logra visualizar el mundo desde la neblina. La vejez y la enfermedad, con sus fealdades inevitables, hacen aparecer por primera vez el grotesco en la poética de Orta. Todo, en un logrado contrapunto de verso libre con ritmo interior, combinación de diferentes métricas afines y estructuras clásicas. Entre sus poesías figura:

El amor en los tiempos de prosa

…si Romeo y Julieta
no hubieran decidido suicidarse
y hubiesen arribado a la vejez
ella, caído el seno y desdentada,
poniéndole un enema a su galán
montesco;
él, enferma la próstata
y consumido el falo,
¿se mantendría la promesa del amor eterno?
No sé:
pero el amor en las postrimerías
es más prueba de amor que el suicidarse
una joven pareja enamorada,
pues los muertos no ven su pudrición.
Nosotros, sin embargo, pudriéndonos en vida,
palpando nuestras ruinas como los jaramagos,
continuamos amándonos,
cambiamos la pasión por la ternura
y reafirmamos que es posible
la eternidad en el amor.

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