27 de enero de 2026

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Marcha de las Antorchas: más allá de la lumbre martiana

Aquella primera Marcha de las Antorchas, nacida en la emblemática escalinata de la Universidad de La Habana, representó un acto de insurrección simbólica contra la opresión de la tiranía batistiana.

La noche del 27 de enero de 1953 no fue simplemente un preámbulo cronológico al natalicio del Apóstol; fue el bautismo de fuego de una vanguardia política que decidió rescatar el pensamiento de José Martí del mármol inerte de las instituciones para llevarlo a la praxis revolucionaria.

Aquella primera Marcha de las Antorchas, nacida en la emblemática escalinata de la Universidad de La Habana, representó un acto de insurrección simbólica contra la opresión de la tiranía batistiana.

Bajo la égida de una juventud que se negaba a permitir que el Maestro muriera en el año de su centenario, el desfile se erigió como la manifestación pública de una voluntad inquebrantable que transformó el silencio cómplice de una época en un clamor de libertad.

El despliegue de aquella peregrinación hacia la Fragua Martiana no solo destacó por su magnitud, sino por una disciplina casi marcial que preludiaba los acontecimientos bélicos del futuro inmediato.

Un bloque de más de quinientos jóvenes, perfectamente formados y guiados por la figura de Fidel Castro, avanzó por la calle San Lázaro bajo el influjo de consignas que hacían vibrar los cimientos de la capital. La presencia de las «mujeres martianas» y de la dirigencia estudiantil, custodiando la Enseña Nacional, otorgó al evento una solemnidad épica, fundiendo el fervor civilista con el rigor de un ejército en ciernes que, apenas meses después, asaltaría los cielos en el Moncada y el Carlos Manuel de Céspedes.

Historiográficamente, la trascendencia de esta marcha radica en la consolidación de la «Generación del Centenario», un grupo de hombres y mujeres cuya estatura intelectual y ética permitió amalgamar las letras hispanas de Martí con la urgencia de una transformación social profunda.

Nombres que hoy son pilares del panteón patrio se fundieron en un torrente atronador que anunció al país la existencia de una fuerza política renovada.

No se trataba de un homenaje luctuoso, sino de la resurrección de un ideario que encontraba en la sabiduría, la ética y el patriotismo martiano el combustible necesario para la «Guerra Necesaria» del siglo XX.

Al llegar a la Fragua Martiana, los jóvenes líderes no solo recordaron al hombre de La Edad de Oro, sino que juraron lealtad a un proyecto de nación que exigía la entrega absoluta de sus hijos más egregios.

Aquella demostración de apoyo del estudiantado a la dirección histórica de la Revolución se mantiene como un faro de ética política, donde la luz de la antorcha simboliza la claridad de las ideas sobre la oscuridad de la ignominia.

Al descender la escalinata cada enero, la juventud cubana no solo emula el gesto físico de sus predecesores, sino que actualiza el compromiso de salvaguardar la soberanía nacional frente a los desafíos de un orden global complejo, manteniendo encendida la llama de una Revolución que reconoce en Martí a su autor intelectual más honroso, universal y perenne.

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