La soberanía es sinónimo de libertad plena
Especialmente cuando hablamos de Cuba, una de las palabras que más sobresale en el contexto político de nuestro país es soberanía.
Para entender qué es la soberanía en la mayor de las Antillas, no podemos limitarnos a un diccionario. En Cuba, la soberanía es, ante todo, un ejercicio de autodeterminación. Es la facultad que el Estado y su pueblo reclaman para decidir su propio destino sin la interferencia de potencias extranjeras.
Históricamente, el concepto de soberanía en Cuba es casi un sinónimo de «independencia total». Tras décadas de lucha contra el colonialismo español y, posteriormente, una relación de fuerte dependencia con Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX, la Revolución de 1959 marcó un giro radical.
Para el sistema cubano, ser soberano significa que el control de sus recursos naturales, su política exterior y su modelo económico reside exclusivamente en el consenso nacional.
Sin embargo, aquí es donde el análisis se vuelve complejo. La soberanía cubana no se entiende sin mencionar el bloqueo de Estados Unidos. Para el gobierno cubano, estas sanciones son la principal violación a su soberanía, al intentar presionar cambios políticos internos a través de la economía, la electricidad o el descontento popular.
Pero, ¿cómo se vive esta soberanía en el día a día? Se manifiesta en la gestión estatal de la educación, la salud y la defensa. El Estado cubano sostiene que su soberanía es también social: el derecho a elegir un sistema socialista que, según su visión, protege la justicia social por encima del libre mercado.
Críticos y observadores internacionales suelen debatir este punto, cuestionando si la soberanía reside realmente en el ciudadano individual o en la estructura del Partido. Pero desde la narrativa constitucional, la soberanía es un escudo; es la capacidad del país de existir como una entidad política única y resistente en un mundo globalizado.
En conclusión, la soberanía en Cuba es más que un término legal; es el núcleo de su identidad política. Es la promesa —y el reto— de mantenerse como un país que insiste en escribir su propio guion, sin apuntadores externos.
